ENTREVISTA A AMALIA RODRÍGUEZ MONROY
Amalia Rodríguez Monroy, profesora emérita de Traducción y Literatura Anglosajona de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, nos abre generosamente las puertas de su mundo compartido con Iris M. Zavala para entrevistarla, una forma directa de acercarnos, a través de su testimonio, a Iris. El de Amalia, su compañera, es para mí un relato interesante e importante porque me ofrece la visión de alguien que conoce a Iris Zavala de otra forma y, por tanto, me la acerca de ese otro modo, más accesible, más personal e íntimo, que me ayuda a ahondar en su pensamiento, en sus vivencias, en su cosmovisión y en su mundo de afectos.

Este diálogo con Amalia Rodríguez, a la que agradezco también desde aquí y enormemente su generosidad y el tiempo que me ha dedicado, pretende, pues, profundizar en temas ya analizados, pero busca indagar también sobre otros que constituyeron fuentes e intereses importantes en la creación teórica y ficcional de Iris M. Zavala

PRIMERA PARTE. Vida y trayectoria intelectual
Elaborando el primer capítulo de esta tesis, creo haber podido conocer mejor a la autora, pero también a la persona. Lo que he ido descubriendo de Iris M. Zavala me ha mostrado a una mujer valiente, que ha luchado por conseguir lo que deseaba, a la que no le importó partir, dejar atrás su tierra natal o de adopción en pos de su búsqueda de conocimiento, que ha arriesgado siempre que ha podido. ¿Cómo hablaba Iris de ese camino andado tan repleto de ‘imposibles’?
Ella sostenía siempre: “¡Soy valiente porque soy cobarde!”. Desde que mi vida se cruzó fugazmente con la de Iris en el año 1970, supe que era valiente. Entonces era ya la más joven catedrática mujer de hispánicas en los EE.UU., la primera de origen no anglosajón. Y, también, me dije ya entonces: la primera mujer que formaba, sin el menor escándalo en el ámbito académico, pareja con otra mujer, Clara Lida. Clara, hija de Raimundo Lida —uno de sus más admirados maestros, además de gran amigo— es una prestigiosa historiadora que por entonces investigaba sobre el anarquismo español. Iris colaboró durante años en ese proyecto, al tiempo que emprendía su propio acercamiento a lo más oculto del movimiento reformista y liberador que se produce en los primeros pasos de la Ilustración en España. Su libro Clandestinidad y libertinaje erudito en los albores del siglo XVIII (1978) da cuenta de ello y del coraje y el rigor de su método. Fue un libro que dio un vuelco sin precedentes —muy necesario— a la tradición historiográfica española, a veces demasiado acomodaticia en su relación con los viejos prejuicios y exclusiones más flagrantes. Ese afán de desvelamiento y rigor es el que la llevó a recorrer España y Europa en busca de los archivos que pudieran arrojar luz sobre ese mundo de márgenes tan ignorados y censurados.
El tema era tabú en la España franquista, y ella solía contar, entre risas, décadas más tarde, que siempre que llegaba a un archivo se topaba con unos guardias civiles con pequeños bigotitos fascistas e intimidantes tricornios, dispuestos a impedirle trabajar. Hablaban y hablaban sin parar. Uno de ellos (fue en Jerez) le dijo claramente: Señorita, como responsable del archivo tengo que permitirle consultar los documentos, pero como franquista mi obligación es impedírselo”. Al día siguiente ella llegaba armada de buenos tapones de oídos y continuaba su tarea, mientras el hombre proseguía su cháchara perversa. ¡Iris, qué astucia la suya a la hora de afrontar el miedo que esos tricornios despertaban en la España de los sesenta! “Lo imposible” a que te refieres en tu pregunta siempre está ahí en una forma u otra, para cada uno de nosotros. A todos nos toca confrontarlo. Es un imponderable.
Tardé muchos años en saber que yo misma había sido parte de ese “imposible” que se interponía en su camino (daré alguna cuenta de esta ironía de la vida más adelante). Iris, como es natural, saboreó muy a menudo la amargura de un Real (concepto desarrollado por Lacan) del que ella habría de hacer importantes elaboraciones de los años 90 en adelante, cuando ya había saboreado la amargura del rechazo, del abandono, el mismo que conoció al nacer y que supo transformar en fuerza vital y entusiasmo por su tarea. Sabía muy bien el camino y sus dobleces. No sé si pudo —o quiso— calibrar el precio.
Adentrarse en la obra de Lacan le permitió elaborar con significantes nuevos lo que el “discurso del amo” oculta: lo Real. Ese Real es un nombre de “lo imposible” a que tú te refieres; ese ámbito de la experiencia humana que no se puede incorporar al lenguaje, al mundo de las significaciones; es decir, lo impensable, lo eludido en nuestra percepción siempre ilusoria de la “realidad”: el constructo imaginario que ayuda a los seres hablantes a endulzar ‘lo imposible’ para hacerlo “vivible”. El virus que asola el mundo en estos
tiempos, y que se llevó a Iris, es el paradigma mismo de un Real que irrumpe y ante el que la humanidad no puede responder; el abismo está ahí aun cuando no queramos verlo.
Ucrania es otro Real que se impone y nos agujerea la realidad. ¿Cómo no ver el abismo? Iris hacía de ese límite una “pasión”, una escritura. “Pasión insomne”, decía ella evocando a su amada Sor Juana. Es interesante ver cómo la Zavala lectora, la misma que escribe Nocturna más no funesta —como Juana de Asbaje en su Primero Sueño— desplaza la idea del sueño como un dormir ante la vida, un no querer saber de lo Real, a su opuesto, y se sitúa del lado de la monja Juana: deseo de estar despierta. En el que Iris consideraba el mejor poema filosófico en lengua española, Juana lo dice muy bien: El mundo iluminado y yo despierta… Toque de atención poético que resuena desde la Nueva España, del siglo XVII, en llamativo contrapunto al discurso de hoy tan afecto a rodearse de sueños, anhelos que no surgen del propio deseo, sino que nos llegan de un Amo capitalista que hace de las ilusiones un modo de consumo desaforado que nos tiene capturados: hacerse con el objeto falso del deseo, esos gadgets que nos ofrecen una ilusión de satisfacción con que el capitalismo nos hechiza.
El verdadero sueño de Iris era, en este sentido, ajeno al capitalismo. Era un ideal de saber que le venía de muy lejos, de lo escrito, lo interdicto a las mujeres. Un saber que había saboreado —saber y sabor comparten etimología— en sus lecturas, saber que es pregunta; el mismo que Juana pone en acto en su poesía, el deseo de permanecer despierta y rebelde ante la ilegibilidad del mundo, para seguir descifrando lo que “no ha podido escribirse”.
Para hacer breve una larga historia, que habla del saber como vinculado inextricablemente al amor, a la vida, solo añadir que Iris contaba con un recurso del que emana su singular arrojo en la vida y en la escritura; me refiero a lo que solo puedo llamar su “deseo decidido”: su “valentía” es, en realidad, el empeño de “no ceder en su deseo”. La fórmula resume su ética, ajena al precepto, pero instalada en ese ‘no ceder’ que guía su deseo de saber… saber del amor. No claudicar es su grandeza, pues ahí donde tendemos a flaquear, a dudar, Zavala no retrocedía. Aceptaba el reto y se ponía manos a la obra, con todas susconsecuencias. ¿No se trasluce ahí la tenacidad heroica de su maestro Unamuno, que la
acompañó casi desde niña?
Su Caribe natal, su Puerto Rico, es una gran fuente de inspiración para Iris. Allí se forjó la “loba de mar, pirata, gitana, saltimbanqui, todo menos adocenada madera para ser carcomida por las polillas”. ¿Crees que, de alguna manera, el alejarse despertó en ella la nostalgia y la angustia, tan evidente en sus personajes? ¿Para ella ha sido difícil ser puertorriqueña? ¿Ha encontrado su lugar después de haber llevado su voz a tantas partes del mundo?
Iris Milagros Zavala decía recordar desde la cuna la imagen de una cabrita. Y, efectivamente, habían traído el nutricio animal a la casa de la abuela para alimentar a una frágil niña de la que parecía no poder esperarse la supervivencia. De ahí su nombre, o apodo, Milagro(s). La descripción que citas revela muy bien su precoz inquietud, creadora de mundos. Esa inventiva es la que, sin duda, le permitió ahuyentar a la angustia y convertir la nostalgia en pasión por la lectura, y luego, en escritura. Al sumergirse en el lenguaje, ese infans —sin voz— ya balbuceaba multiplicidades y se nombraba orgullosa “Iris Meaíto Zavala”. ¿Tendrá algo que ver ese deslizamiento con la reprimenda de la abuela cuando le decía, para callar su parloteo: “Los niños solo hablan cuando las gallinas hacen pipí”? Sin duda, ella era Milagrito, en singular. Y no “María” como dan por supuesto muchas bibliografías, sobre todo españolas… ¡Cuánto le desagradaba equívoco tan “español”! Pero de ese que nombró siempre “mi deseo de España”, haré referencia más adelante.
Nacida en la “augusta ciudad de Ponce” a finales de diciembre de 1936, entre dos guerras, su llegada al mundo estuvo rodeada de tristes contingencias: su padre, don Romualdo Zavala, farmacéutico, jugador y mujeriego —me señalaba Iris—, abandonó a su esposa, en ese preciso momento. María Montserrate Zapata, desolada, partió para San Juan en busca de trabajo. Fue la preciosa Suncha, su abuela materna, la que tomó el lugar de la madre en esos primeros años. Fundamental para ella la alegría de esa vieja que, cuando rugían las tormentas, se metía con ella debajo de la cama y cantaban para ahuyentar el miedo. Bajo el cielo caribeño, juntas contaban las estrellas. Así aprendió Iris el alfabeto, haciendo de cada estrella una letra. El lenguaje tuvo siempre para ella esa luz celestial, ese halo de amor en que pudo asentarse el espacio de su supervivencia, es decir el universo de su escritura. Iris me decía siempre que quien inicialmente le transmitió ese sentimiento de la vida, esa fuerza vital, que yo llamo su “deseo decidido” fue la abuela Suncha. De ahí su imparable peregrinar en pos de un enigma. Pregunta que pasa por el amor, amor al saber que ella convierte en letra, poema, polifonía, canto, siempre atravesado por una experiencia de la otredad, de lo femenino en tanto supone ese reconocimiento de la presencia inquietante del Otro. Cuestión que el feminismo actual elude muchas veces, dejando fuera toda indagación en el verdadero enigma: lo femenino como otredad.
En la casa de la abuela el ambiente no podía ser más decimonónico, ni más femenino: es antológica la foto que conservo de Iris a los cinco años vestida para bailar el minué. Suncha y sus dos hermanas, celebraban sus fiestas y reuniones como en su ya lejana juventud. Para mí era muy bonito escuchar a Iris evocar su infancia en el “abierto” del día a día: había tantos registros que mientras sentía la ternura gozosa de su relato, reconocía que ahí entremezclado bullía el misterio y el desamparo del ser. ¡Muy lejos de lo que hoy llamamos, sin el mínimo rigor, “identidad”, solo efectiva en el registro imaginario de la biología animal! Trasladar eso a la política con ligereza, a la arena social, tiene consecuencias graves a la hora de definir lo que nos hace humanos, es decir, seres hablantes. No es momento de adentrarse en ese equívoco central de nuestra sociedad neurocientífica. Decir solo que nunca entró Iris en ese túnel. Quizás porque su niñez había sido ya un exilio: ausencia, huella, que siempre se hará presente de mil y una maneras en su escritura. Es decir, en un enigma de lenguaje. Marcas del cuerpo ocultas en su letra y magistralmente recreadas en su fábula autobiográfica titulada Kiliagonía. Speciosa miracula. Su inapelable decisión de partir, al final del texto, es la marca indeleble —estará siempre ahí— del significante que la representa ante el otro es ‘exilio’. Lo despliega en el texto “Escribir desde el exilio”, tan central para entender su vida y su obra.
Ante la ausencia del padre, la niña tuvo que fabricar esa función de amor faltante; un padre en el que poder reconocerse en el amor al saber. Ese amor iba a producirse, en desplazamiento metonímico y sustitución metafórica, en su hermano, Manuel Ángel — “Nanen”— 15 años mayor. Fue para ella el representante del padre del amor. Fue él, quizá sin quererlo, quien solo para entretener a la niña preguntona, le abrió muy temprano las puertas de la filosofía, de Unamuno, y de todos los grandes pensadores que, como saben los lectores, recorren e iluminan los textos de Zavala. Nanen fue también, a su modo, el arquitecto y artífice, el Dédalo, que como en el caso de Joyce, al final del Retrato del artista adolescente, invoca, no al padre fallido, incapaz, sino al gran artífice y arquitecto de la mitología clásica en que va a sostenerse su Ulises, paradigma de la modernidad en la literatura del siglo XX.
La avidez de la niña consintió a la tentación de sumergirse en un mundo de preguntas sin respuesta del que aprendió a extraer un saber distinto al saber de la filosofía —centrado en el ser imaginado como “completo”— sobre el que orientarse en el lenguaje cifrado de la imaginación: mundos inventados y, por eso, más reales.
Unamuno, los clásicos, los modernos y, sobre todo, los poetas… Siempre seguirían siendo sus “fuentes” de autoridad. Un mundo donde el saber está más allá del intelecto. Captar lo real del dolor y del vacío implicaba para Iris trascender esos límites. Como ella explica en su “Autobiografía con olvidos” (Quimera, n.º 192, junio 2002): “Con él [Unamuno] aprendí antes de la pubertad que el centro de gravedad es el fragmento que trae al centro de la experiencia de escritura las relaciones en el sujeto de la palabra y el lenguaje como su fundamento. Iris decía que la tradicional separación entre filosofía — pensamiento— y literatura no tenía sentido para ella. En ambos casos se trata, ante todo, de escribir desde el reconocimiento de que todo es lenguaje: no es otro el vehículo de quien opera con lo simbólico. Así, todo es “fragmento, cruce, trasvase de fronteras, mezcla de géneros.” Para Iris Unamuno es, como decía, su otro Dédalo, su guía intelectual, y subjetiva, en el que sostiene “el sentimiento trágico de la vida” sobre el que construir su ser a partir de un vacío que la escritura bordea, enmarca y convierte en metáfora del ex-sistir. Como en el caso del autor irlandés, Zavala ha de hacerse un nombre propio que sustituya al del padre anónimo del abandono.

Iris Zavala en la escuela. Academia Católica de Puerto Rico
Esta niña que puebla su soledad de lecturas tan diversas y llega a su querida Academia Católica con una cabeza tan “amueblada” como inquieta (por su precoz inteligencia la iban saltando de curso) era siempre la más pequeña de la clase. Un trasto que hoy hubiera sido tratada de “hiperactividad”: la echaban de clase a menudo. Eso le servía, contaba con emocionado cariño, para avanzar más si cabe: sister Clotilde, la directora de este centro de monjas irlandesas (¡en nada semejantes a las monjas franquistas de nuestros colegios, pensaba yo cuando me hablaba de ello!) se la llevaba a su despacho y allí las dos leían a Shakespeare, que Iris recitaba de memoria hasta el final de sus días, cuando la memoria ya no la acompañaba. Se reía recordando una representación de Macbeth, nada menos. Ella daba voz a la cruel Lady Macbeth. ¡Ja, ja, ja, reía! Le daba la réplica el chico de clase que a ella le gustaba…y que nunca le hizo ningún caso, decía riendo a carcajadas.
Uno de sus más preciosos recuerdos de esos años en la Academia Católica es haber asistido desde sus balcones al paso del cortejo mortuorio de Pedro Salinas, otro desterrado español a orillas del Caribe. Unido en su memoria al gran poema, que le gustaba recitar siempre, “El contemplado”, una bella oda a ese mar de encuentros que es el Caribe, poco conocido en nuestra orilla, si no es por sus blancas playas.
Cuando en los años 90 viajé con Iris a Puerto Rico, recorrimos el centro antiguo de la tórrida ciudad de Ponce, sus casas, de elegante arquitectura afrancesada, estaban por entonces en plena decadencia, quizás abandonadas. En sus largos balcones que recorrían toda la fachada dándole un porte palaciego, se vislumbraba, despiadado, el castigo del tiempo. Para Iris y para mí cobraron vida. Ella siempre me hablaba con infantil regocijo de ese balcón —casi feudo— de la calle Capitán Correa desde donde muy chiquita empezó a observar con curiosidad incansable el mundo exterior. Teniendo cuatro años, a hurtadillas en un día de fiebre decidió abandonar la casa “para ver mundo”. Pronto fue rescatada por doña Suncha que le dio la correspondiente reprimenda.
De vuelta en Barcelona su añoranza de ese balcón nos llevó a comprar en Sitges una casa de los años veinte, construida por indianos. Tras enriquecerse en Cuba, reconstruían en su tierra de origen el abandonado paraíso caribeño que los había acogido tan generosamente. Viendo desde nuestro balcón las palmeras que esbeltas custodiaban la playa, Iris se sentía como en su Caribe, aun sabiendo que el pasado nunca vuelve; solo una vaga ilusión, nostalgia o huella de lo que el tiempo se llevó. O simplemente transformó. Vida contemplada a través del caleidoscopio de su imaginación. En el texto moderno la lengua, las lenguas, la mirada y la voz del artista se mueven sin parar, viajan, observan, recogen las piezas sueltas que pueblan el caos del mundo, las transforman, las ofrecen al lector en un orden no calculado en el para-todos de la comunicación. Mostrar —no explicar en cómodos slogans publicitarios— que el objeto perdido, lo está para siempre. Esa es la búsqueda que a Iris interesó siempre. Y ese su más íntimo secreto que no duda en mostrarse también en su ilegibilidad. Iris rompe muchos silencios, dice en su “Autobiografía”. Y es una clave necesaria para adentrarse en su obra.
3. Y, al salir de la infancia, la Universidad de Puerto Rico fue para ella un auténtico descubrimiento y sus maestros algo determinante en su pensamiento y en su trayectoria. ¿Queda algo de esa Universidad?
Con apenas quince años Iris llega a la Universidad de Puerto Rico. Gracias a su gran amiga, algo mayor, Aurora de Albornoz, exiliada
española, pudo “colarse” en un curso de Juan Ramón Jiménez. Ese curso dedicado al modernismo y más tarde publicado como el gran manifiesto de la época que atraviesa el Fin de siglo y hace posible el encuentro — ¡Al fin!— entre las dos orillas del Atlántico. No más de media docena de oyentes pudieron asistir. Juan Ramón, tan “maniático”, se encargó de cribar la asistencia. Baste este episodio para dar una idea del extraordinario elenco de profesores que los desastres de la historia convocaron en la pequeña isla caribeña. República Dominicana, México, Argentina, Uruguay y Estados Unidos fueron también refugio en aquella circunstancia atroz.
Iris nunca dejó de insistir en que esa Universidad de Puerto Rico fue en aquellos años una de las mejores universidades del mundo. Su excepcional rector, Jaime Benítez, reunió a un grupo de grandes intelectuales forzados a huir del nazismo en Alemania y Austria, del franquismo en España, de las feroces dictaduras en Argentina, o del frenético anticomunismo macarthista en EE.UU., desastres que recorren el siglo XX hasta culminar en ese apocalipsis del horror que fue el Holocausto judío.

Juan Ramón Jiménez en la Universidad de Puerto Rico. Curso sobre modernismo.
En múltiples ocasiones Iris ha hablado de todos estos exiliados, apenada como estuvo toda la vida por el desconocimiento e indiferencia que de ellos perdura todavía en España. Yo, que experimenté también el vacío de cultura y de decencia que imperaba en mi país, sentía el mismo desasosiego. Hasta que algo parecido al destino me otorgó el privilegio de conocer muy de cerca cuánto se me había sustraído. En 1970, recién licenciada, llegué a la Universidad de Princeton. Allí aprendí que mi país no siempre había sido ese erial siniestro, violento, oscurantista que me perturbaba. En América conocí lo oculto en la España de la posguerra: los miles y miles de exiliados que habían dejado el país. Algunos grandes intelectuales estaban refugiados allí. Fueron mis profesores. Me enseñaron tantas cosas…
Pero en silencio permanecía el por qué estaba yo allí. Pasarían largas décadas hasta que Iris me dijo un buen día que el entonces director del Departamento había rechazado la propuesta de invitarla a ella a ocupar una cátedra vacante. Me llamaron a mí por ser “española”. La excluyeron a ella por ser puertorriqueña, por su sólida formación, por su posición política…
Yo recibí, no obstante, la hospitalidad y cariño de don Vicente Llorens, que gran conocedor de la historia y la literatura española, me invitaba a las tertulias semanales celebradas en su casa en compañía de todos los “grandes” del Departamento. Un día me dijo: quiero que conozcas a Iris Zavala, y me invitó a una paella en su casa para presentarme a su gran amiga. Ella acudió en compañía de Clara Lida. Asistí a una conversación fascinante, sobre España y su historia, a la que mi juventud solo podía aportar mi atenta escucha. Poco podía imaginar entonces que estaba a punto de inscribirse en mi vida una marca indeleble que solo se haría legible años después. Don Vicente fue el que me abrió en ese encuentro luminoso, a una relación privilegiada con la España “verdadera”, cosmopolita, abierta, culta, fundada en el amor al saber, tan odiado como temido en la grotesca dictadura fascista. Era como si, por primera vez, me encontrara con mi cultura verdadera —la España que me habían arrebatado—. Juan Ramón, Machado, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Américo Castro y tantos otros nombres, totalmente excluidos de la Universidad española —y de sus librerías— adquirían vida y figura. En efecto, fue en América donde aprendí literatura española desde esa perspectiva tan particular: la del exilio español. Encuentro fundamental con lo sustraído que dejó su marca orientándome en mi propia modalidad de exilio: ese estar entre lenguas y entre culturas: excéntrica, extranjera, sospechosa. Es decir, traductora. Otro de sus más queridos y admirados amigos fue Francisco Ayala, tardíamente retornado a su país y finalmente reconocido aquí como merecía. Iris describía así su encuentro con él:
Fue para mí un deslumbramiento la primera vez que vi a Francisco Ayala caminando por el jardín interior de la Universidad de Puerto Rico. Un poco al fondo, la magnífica Torre de ese edificio Art Decó. Su figura me impresionó; estaba impecablemente vestido. Lo miré con curiosidad, con extrañeza llena de admiración. Era… distinto… Siempre ha sido elegante, pulcro, con un sentido estético que se traduce en una manera de vestir, de llevar el cuerpo, de erguir la cabeza, de mirar… Con los años esa presencia atractiva se ha ido incrementando a mis ojos.
En este texto, publicado en la revista La Torre, que el propio Francisco Ayala fundó, Iris evoca su amistad profunda y cómplice que duró hasta la muerte de Ayala. Recuerdo con especial ternura las visitas que cada vez que íbamos a Madrid, Iris hacía a la casa de “su” Paco. “Don Paco me inició con su palabra en el arte de repensar, que consiste en tomar los fenómenos en su dimensión diacrónica, para desvelar el orden sincrónico que los causa. El discurso de Ayala está hecho para probar que como sujeto él está constituido por los efectos de la palabra […]. Y como su generación, supo percibir con nitidez lo que nos enseña el malestar en la cultura freudiano”, recordaba. Yo la esperaba en una terraza cercana de la plaza de Santa Bárbara. De Ayala aprendió la que llama esa polifónica introducción al pensamiento occidental entre tantos otros cursos inolvidables. Iris alude en estas páginas, una vez más, a esa “edad de oro” de aquella Universidad que había dado entrada a los que habían quedado fuera de sus países. Le fascinaba especialmente en ese esplendor el protagonismo de las artes y las letras, donde no olvida la presencia de Federico de Onís y su extraordinario curso de El Quijote, salmantino alumno de Unamuno, que con Gabriela Mistral tanto ayudó a emigrar a los exiliados. A Onís y al curso sobre el Modernismo de Juan Ramón, del que ya he hecho mención, se le debe la actual concepción del Modernismo del que Iris es heredera directa y que plasmaría en múltiples trabajos como su pionero Fin de siglo: Modernismo, 98 y bohemia o Rubén Darío bajo el signo del Cisne.
La coyuntura con la que Iris se encontró en aquellos años de la primera mitad del siglo XX es totalmente distinta del modelo neoliberal de Universidad que conocemos en el siglo XXI, donde han quedado borrado todo rastro de humanismo, de independencia de pensamiento, y en consecuencia de aspiración a la libertad. Entonces, por los efectos de las Guerras Mundiales y de nuestra guerra incivil, se propició un retorno a esos ideales del humanismo con los que el nazismo había acabado. La América hispana hizo un enorme esfuerzo por acoger a los exiliados, y no me refiero solo a esa inteligentsia que pudo acceder a la enseñanza universitaria y que reunía a los que habían defendido hasta el último momento los ideales democráticos de la República española. En su recorrido vital Iris siempre defendió y difundió esos valores clásicos en el trasfondo de toda literatura moderna. Esa acogida fue un acto de solidaridad que representaba, a la vez, una gran oportunidad de mejorar notablemente el nivel intelectual de sus propias universidades. También en los Estados Unidos supieron aprovechar la presencia de esos europeos tan magníficamente formados. Leía recientemente en la gran biografía sobre Susan Sontag —con ella coincidí en NYU en los años 70— que, en la Universidad de Chicago, en la que se formó, la coyuntura era muy similar y Sontag también supo beneficiarse de grandes maestros que tanto contribuyeron a su forma abierta y valiente de leer el mundo.
De todo eso hoy no queda nada. El intelectual, como figura a respetar, como el padre, ha desaparecido del mapa en el siglo XXI. Las nuevas universidades globales, dirigidas desde Harvard, no forman intelectuales, ni buenos lectores, en una época en que prima la tecnología y los intereses de un mercado que prefiere convertir a los ciudadanos en meros consumidores y obedientes trabajadores al servicio de la máquina tecnológica y deja fuera cuanto tiene que ver con aprender a ser libres, función esencial de la lectura. Hoy se propicia el individualismo, la verdadera ideología norteamericana, a la que el mundo se ha apuntado sin ser conscientes de a qué nos condena esa visión de lo humano.
4. Su querer saber y hacer, sus inquietudes y curiosidad la impulsó a no quedarse en un lugar fijo, en este caso Puerto Rico. Su recorrido abarca muchos lugares y supongo que todos estos viajes tienen un porqué y una finalidad. A mi juicio, la profesión de escritora lleva consigo la condición de exilio y su escritura es su patria, su forma de existencia como ella declaró alguna vez. ¿Cuál es su relación con América y España?
Un día de 1993, cuando Iris trasladó todos sus enseres desde Ámsterdam a mi extragrande (menos mal) piso del ensanche barcelonés, creí desmayarme al ver los cientos de cajas repletas de libros, preciosos muebles art-dèco y obras de arte que guardaba en las tres plantas de su casa holandesa: creí que ni el piso ni yo podríamos afrontar la “invasión”. Yo llevaba meses montando con un paciente carpintero todas las estanterías que las paredes podían acoger. Revisé mi ya abultada biblioteca para deshacerme de todo libro prescindible. ¡Qué placer no ver más las torpes pedagogías “tecnocráticas”, las lingüísticas inanes, las servidumbres ya inútiles! Las estancias que incorporaban el mundo zavaliano formaron un espacio vital menos “minimalista” (yo tenía pocos muebles entonces), pero preciosamente armónico que hacían del azar un destino muy bien cartografiado, como su escritura. Para las dos era el surgimiento de una Vita nuova.
Llegado el siglo XXI, es nuestro cerebro el que nos habla, nos dirige, y “sabe”. La pregunta es ¿qué saben de nosotros nuestras neuronas? Preocupante deriva que nos encierra en ese reducto cerebral que, fingimos, es el que orienta nuestros actos. Adiós a la ética que tanto estorba a los intereses del mercado. Bienvenidos al mundo de la satisfacción instantánea, a golpe de click. ¿Qué saben del encuentro con el Otro —el excluido, el extranjero, el diferente— esas neuronas iluminadas por el scanner? ¡Adiós al arte, a la literatura y a la palabra! Cuando es en su seno donde se oculta el enigma, el vacío de la vida y nuestro desamparo. Eso no lo pasa por alto Iris Zavala.
El decidido des-centramiento que fundamenta su discurso y su poética transporta a Zavala a una orilla, un litoral, margen lejano del codiciado centro, ligado siempre al poder, al amo, y por tanto al canon y la ortodoxia. De ese dominio del universal, del para Todos del ideal masculino, huye esta osada ponceña. El más importante viaje de todos los que hizo Iris en su vida fue el viaje hacia la escritura, que supone un desvío muy marcado respecto a ese discurso de la “ortodoxia”. Ella sabe eso, y su larga y densa trayectoria intelectual es un esfuerzo ímprobo por elaborar en diálogo con las teorías más renovadoras del siglo XX un pensamiento Otro. Como ella cuenta con salero en la “Autobiografía” que vengo comentando, su mente desde niña era un increíble batiburrillo de textos e imaginaciones que van desde Homero, San Agustín, Cervantes, Shakespeare, (lo recitaba de memoria con su monja favorita: ¡Ay, Sister Clotilde!,
¡cuánto se acordaba Iris de aquella marca infantil!…) La Celestina, Espronceda, San Juan, hasta el ratón Mickey, Superman o Mr. Spock, al que envidiaba su poder de trasladarse al lugar deseado en un abrir y cerrar de ojos. Lo importante es a dónde llevan todos esos nudos, sus infinitos hilos.
Iris explica también en su “Autobiografía” a qué responde ese deseo precoz de España: “Allí están las tierras que conocí desde muy pequeña, siguiendo en un mapa los triunfos de la República que mi hermano tenía en la pared”. España estaba en su corazón desde el comienzo. Salamanca fue su segundo templo del saber, cuyas columnas ya se alzaban en su deseo desde su experiencia en la Universidad de Puerto Rico. En esos años 50 y comienzo de los 60 había muy pocos estudiantes hispanoamericanos, como se los denominaba allí. Quizás era más inesperado aún que apareciera una “mujer puertorriqueña”. La mirada del Otro se cernía sobre ella. Me contaba su primer encuentro en una clase de Lázaro Carreter. “Señorita, Ud., ¿qué ha leído?” Al día siguiente Iris apareció con una larga y frondosa lista de sus lecturas que dejó perplejo a Lázaro. A partir de ahí entre la nómada y Lázaro se creó una animada y duradera amistad que duró siempre. Décadas después, al final de los 90, paseando por delante de la Academia, nos encontramos con él. Fernando, cariñoso, pero algo defensivo, no pudo evitar decirle, desde ese paternalismo tan español para con el género femenino: “Iris, te he perdonado que seas marxista, que seas bajtiniana (él también había dedicado su atención al pensador ruso), que seas feminista, pero no puedo perdonarte que seas lacaniana”. El tono era muy cordial y bromista, pero dice mucho sobre esa “incomprensión” tan empedernida hacia los devaneos femeninos. ¿Será que hasta los mejores amigos tienen dificultad y se sienten incómodos ante la otredad de lo femenino? Diría que no he conocido a ninguna mujer que pudiera sostener, como Iris, esa “medida fálica” sin arredrarse lo más mínimo.

Miguel de Unamuno
Cuando a finales de los 60 su tesis sobre el teatro de Unamuno, que el propio Lázaro le había dirigido, recibió el premio extraordinario de su promoción, Lázaro la convocó a su despacho para explicarle que debía renunciar, pues, al no ser española el Departamento se lo iba a otorgar a un compañero que permanecería en Salamanca. Ella, al fin y al cabo… Por si tuviera alguna duda, Iris aprendió entonces que la Universidad los prefiere hombres.

Vitor de Iris Zavala en la Universidad de Salamanca.
Aunque por dentro lo sufriera, ella sabía que su deseo no iba a desfallecer. Estaba su letra, su nomadismo, y ahí sí se sabía sola. La experiencia de Salamanca siguió siendo en su imaginario uno de esos paraísos perdidos que habitan su escritura nómada. Allí trabó también una grandísima amistad con Enrique Tierno Galván, y su mujer, Encarnita. Iris colaboró con ellos muy activamente en lo que ocupaba a Tierno por entonces: estudiar la tradición constitucionalista y democrática que se aspiraba a implantar cuando se produjera el final de la dictadura. Tuvo un papel importante en esa tarea otro español exiliado en la isla, su amigo Jorge Enjuto, gran conocedor del tema.
Aquello era un mundo en agitado movimiento en el que Iris fue muy activa.
5. Muchas escritoras y muchos escritores piensan que nunca se regresa al lugar del que se fueron, ¿Iris Zavala regresó alguna vez?
Diría que la sensación de exilio la experimentamos todos en algún momento de la vida. Es un Real más. Todo el que ha vivido cualquier forma de exilio, de pérdida, sabe muy bien que volver es imposible, como cuando se aleja un amor. Le espera la decepción, la evidencia de lo irrecuperable del objeto perdido. Iris hablaba mucho de esto con Francisco Ayala, uno de esos exiliados que pudo volver y recuperar la España que iba construyendo la difícil Transición, nunca aquella República que amaba y que tanto defendió.
Para Iris la vuelta a la patria puertorriqueña, una vez finalizado su doctorado en Salamanca, supuso confrontar a el ostracismo de los suyos. (Venir de fuera es siempre una afrenta para los que ocupan “la plaza”). El exilio es ahora forzado: “descubrí el amargo sabor del viaje que ya había revelado Baudelaire: ese exilio que es “habitar un oasis de horror perdido en un desierto de tedio…” La historia es larga. Leerla hiela el corazón y habla con elocuencia de su escritura: “El arte es para mí la apoteosis de la soledad”. ¿El único modo de sortear el desamparo? El legado de Iris abre la pregunta a una contemporaneidad no muy lejana que aquí nos resistimos todavía a aceptar.
6. Aun así, el Caribe impregna toda la obra de Iris…
Es importante notar que cuando Iris habla del Caribe se percibe como exiliada: en su más reciente obra publicada en España (escrita inicialmente en inglés en los 90) por la editorial La discreta ella sostiene sobre su Caribe: “Estos ensayos son además una reflexión desde mi propia relación como ser de exilio, y ser en el exilio. Porque el exilio, en tanto condición misma del ser humano, se encarna particularmente en el artista, del que es paradigma James Joyce. En Los exiliados alude a su exilio voluntario cuando salió de Irlanda para no volver a pisar su tierra jamás. Para Joyce el exilio implicaba alejarse físicamente de la patria para escribir sobre ella desde la evocación y no desde la pertenencia”.

Postal Caribeña
El que Iris construye en su escritura es también el exilio que se vive y se sufre desde fuera. Un exilio interior y de renuncia a unos principios éticos coloniales para acogerse a otros de futuro, ilustrados y de aspiración a la libertad que nos da el conocimiento del pasado.
Y es desde esta perspectiva —desde lejos, desde fuera— que estudia el Caribe y narrativiza su historia, sus construcciones imaginarias. Desde el “descubrimiento” hasta su triste condición de colonia o de país semi-libre en tanto “Estado Libre Asociado”, oxímoron que no oculta sus contradicciones. Iris insiste en que el Caribe es múltiple, y que la unicidad de su historia está en esa conciencia caribeña de ser seres marinos, ese recuerdo perenne del pasado colonial…
Esta apátrida con pasaporte norteamericano, que fue Iris retiene en su memoria y en sus venas, dos elementos unificadores: el mar y la música, ambos fluyen fuera y dentro del cuerpo. Visión de una exiliada que ha encontrado en el Caribe una corriente que circula por las venas de sus habitantes: es el influjo de su música lo que nos une, asegura Zavala. Hicieron falta varios factores para que naciera esta corriente musical que aún no se detiene: está el fin de siglo, del XIX al XX. Recordemos a Carpentier que cita esta alusión de Lope, en Temas de la lira y del bongó:
Flamencos, indios y negros y la nación
española, risueños bailando muestran
sus alegrías notorias.
Ese mestizaje no es un rasgo solo caribeño. Es algo que está ya en España desde hace siglos. Es lo que en este país es imposible de aceptar y complica tanto el devenir de esta Península Ibérica. No es de extrañar que ella, descendiente de un vasco (Zavala) y de una catalana (Ferrer i Calvo) no pudiera, ni quisiera, unificar o mitificar su origen. Es el otro el que te etiqueta como extranjero, el que te cuelga una ‘identidad’. Solo podía constatar su pertenencia al mar y su ser colonial, en sus más variadas formas: Nos unen, eso sí, la música, el movimiento, la historia compartida de exterminio de indios e importación de esclavos, la dependencia… Muchas veces he sugerido que si los caribeños nos uniéramos en una confederación de las Antillas, sueño decimonónico, sin duda tendríamos menos problemas y desigualdades. Utopía tal vez, no lo sé… lo dejo en suspensivo…
La suya es letra marcada por lalengua, el goce que es la lengua en el origen, cuando balbuceamos sonidos que aún no tienen sentido para el infans. Resonancias de acordes que surgieron de la unión de ritmos europeos, africanos y nativos de distintas zonas, como parte del mestizaje americano. Los ritmos caribeños son pilares de los “globalizados” ritmos latinos de hoy. Ella no llegó a vivir el auge de esa ‘degradación’ torpe y vulgar que es el “reguetón” que ha conquistado al mundo global. Lamentable reduccionismo en que el goce de lalengua se limita al maldecir cínico de lo femenino.
Ella goza de la música desde el fulgor de lo que llama “crítica-ficción” el que le permite unir lo popular y lo culto, el bolero y Bajtín, hacer cómplices al pecado y a Lacan y celebrar la androginia del deseo, que es uno de los secretos del bolero caribe como fuerza de trabajo en las plantaciones de la región. Luego, el aporte cultural impuesto por los amos que obligaron a los negros a reconocer el mundo de corcheas y armonías como suyo.
En realidad, no hay barreras que contengan la expresión profunda de los seres— la poesía de la música: Y repito lo dicho muchas veces: nacemos con la música por dentro. Eso es lalengua… ese caudal de malentendidos, como los amorosos, que siempre traen su carga de odio…como todo aquello que es imaginario en los humanos, nosotros, seres recortados, acotados y acogotados por el lenguaje.
Interesa a Iris el juego de signos entre la palabra escrita y la música popular, que también es arte, y también civiliza, y tiene su ética que ella traza aludiendo a grandes maestros en nuestra lengua que están horadados, marcados, tatuados —como todos nosotros— por el signo y por las identificaciones culturales. Más aún. Diversidad, lenguas distintas, y a la vez esa corriente profunda que nos aúna. La música, la entonación y el movimiento nos identifican… Iris dice con humor: si seguimos mi imaginación novelística: se nos conoce en los ojos que hemos visto el mar…
No puedo aquí sino evocar un poema que ella recordaba siempre. Lo teníamos grabado en un vinilo en que el propio Pedro Salinas recitaba y ella acompañaba, de memoria:

Main Ramp and Santa Barbara Battery. El Morro
EL CONTEMPLADO
De mirarte tanto y tanto, del horizonte a la
arena, despacio,
del caracol al celaje, brillo a brillo, pasmo a pasmo, te he dado nombre…. el Contemplado, el constante Contemplado
…VARIACIÓN I
Azules Variaciones que enseñaban en la escuela: Egeo, Atlántico,
Indico, Caribe, Mármara, mar de la Sonda, mar Blanco.
Todos sois uno a mis ojos: el azul del Contemplado.
En los atlas,
un azul te finge,
falso. Pero a mí no me engañó ese
engaño.
Te busqué el azul verdad; un ángel,
azul celeste, me llevaba
de la mano. Y allí en tu
azul te encontré
jugando con tus azules,
a encenderlos, a apagarlos….
Iris encuentra en el poema de Salinas esa esencia, el azul —“azul verdad”— que hace de todos los mares un mismo mar, que bordea y da forma a todas las geografías. Desde esa presencia líquida, en constante movimiento, Iris reflexiona sobre el insularismo, la insularidad, el nacionalismo, la cultura, y define con precisión la literatura menor que representa la producción literaria en el Caribe—en el sentido de Deleuze: “Una literatura menor no es la literatura de un idioma menor, sino la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor”.
Y señala: Su primera característica es que, en ese caso, el idioma se ve afectado por un fuerte coeficiente de desterritorialización. Kafka define de esta manera el callejón sin salida que impide a los judíos el acceso a la escritura y que hace de su literatura algo imposible: imposibilidad de no escribir, imposibilidad de escribir en alemán, imposibilidad de escribir.
Deja así notar que las llamadas ‘literaturas menores’, no remiten a cuestiones menores. Y que, en su Caribe, en sus islas, todo adquiere un valor colectivo. Y la literatura se convierte, así, en ‘cosa del pueblo’.
Nunca está ausente de su escritura esa dimensión, no en tanto apropiación patriótica, sino como cuestión simbólica, es decir de discurso, en su caso poético. Se interesa y ahonda en los textos de un gran intelectual nacido en Martinica en la primera mitad del siglo XX, casi totalmente ignorado en la España de entonces, y en la de hoy, pero célebre en todas la Américas y gran estudioso de la opresión sufrida en África. Me refiero a la obra extraordinaria de Franz Fanon. En su gran texto Pieles negras, máscaras blancas (1952) parte de la pregunta ¿por qué los negros se quieren parecer a los blancos? La segregación es abordada de frente. La respuesta nos lleva a lo evidente: se trata de esconder que provienen de los esclavos africanos. Iris lo asocia inmediatamente a una expresión muy común en Puerto Rico: El que no tiene minga, tiene mandinga. Nadie se libra de la mezcla, todos participan de esa hibridación que es América. Sus textos dan ejemplos del léxico abundante y sonoro que da expresión al intento, siempre desmentido por lalengua (neologismo lacaniano que aísla lo que marca en el origen al ser parlante) de diluir la segregación racial. Ahí está la riqueza de las hablas isleñas para demostrar la perspicacia de la lengua a la hora de marcar las diferencias y hacer patente lo que trata de mantenerse oculto.
También huida de lo ‘negro’ hacia lo ‘blanco’ como parte del proceso de “aculturación” —pérdida de los elementos de la propia cultura— que sufrió la población negra en la América colonial y que fue utilizado como una “herramienta hegemónica de explotación económica”. En este contexto, cobran importancia las reflexiones de Franz Fanon acerca del “blanqueamiento” de la cultura afroamericana. No olvidemos que fue un pensador panafricanista y neomarxista que hizo de los desheredados de la tierra, tema de sus grandes aportaciones. Captar que los subyugados tratan de superar su condición de oprimidos, adoptando los valores de la clase criolla dominante. Y sus implicaciones: superar la condición de oprimidos lleva a adoptar los valores del amo absorbiendo, a su vez, las posiciones discriminatorias y racistas. Como observa muy bien Fanon, al adoptar la mentalidad del opresor, se están relegando ellos mismos a una situación de inferioridad y deshumanización.
Iris no pudo terminar un proyecto muy querido para ella, que tanto deseaba dar a conocer la llamada ‘poesía negroide’ en España. Dejó la selección preparada y espero poder editarla pronto. Es una de mis deudas pendientes con ella y con su Caribe; sobre todo, con el lector peninsular.
7. Las páginas que hay en abierto sobre Iris Zavala, el canal de YouTube o la web del Instituto Cervantes dedicada a ella, son otra forma de acercarla a quien esté interesada en su obra, pues puede encontrarse material muy valioso: artículos, textos, referencias… Como pude comprobar leyendo alguna entrevista, ella es una persona solidaria a la hora de dar material tanto suyo como de otras personas, de ayudar a otros investigadores e investigadoras. Esta manera de exponer su conocimiento, de tener esas páginas en abierto, me parece una forma excepcional de extender su saber.
Iris no entendía el saber como una acumulación de información leída en su literalidad. El saber al que dedicó su vida hemos de entenderlo como el arte de dudar, de relacionar y contrastar; el arte, sobre todo, de escuchar la palabra del Otro —ese extraño que nos interpela desde Otro lugar— no era cuestión de poder, sino de permanente intercambio en el plano del deseo, que es del orden del lenguaje humano, tan ajeno al lenguaje cerrado y programado de la máquina. El “gay savoir” que ella cultivó desde el comienzo pasaba por su transmisión.
Me emociona recordar las reuniones que organizábamos en casa con ese fin: seminarios para dar a conocer a los exiliados, a Unamuno, a Bajtín, a Freud, a Lacan, a los clásicos, a los poetas, todo cuanto pasara por el Otro del amor. Su empeño irrenunciable por ir más allá de las semióticas y el “hiperlingüismo” neuronal, encerrados en un formalismo que prescinde del sujeto de la enunciación. Sus autores de referencia, tan dispares aparentemente, tienen en común lo que para ella era clave en toda empresa civilizatoria: el encuentro con la diferencia, con la extrañeza, con lo Otro, para captar desde ese lugar la “extimidad” que habita nuestro ser. El neologismo unamuniano, reinventado por Lacan, implica que esa extrañeza ya está inscrita en cada ser hablante y se hace presente en cada texto de autor. Ella nos remite a los que llamó “textos de cultura” en especial los ‘textos maestros’ en los que, más allá del enunciado, lo que nos acerca a la significación es su modo de enunciación, lo más propio de cada autor: su estilo.
Iris propone, todavía hoy desde su voz y sus textos, una forma de lectura atenta siempre a “quién habla” en el texto más que al contenido en sí. Concierto (o desconcierto) de voces que esconde siempre un no-dicho, incluso un indecible. Bajtín afirmaba al concluir su crítica al Método formal en los estudios literarios (1928) que “es más importante valorar a un buen enemigo que a un mal partidario”. Tal era “la política” zavaliana más aguerrida y arrojada. Me viene a la memoria una de sus últimas “escaramuzas” intelectuales — siempre dolorosas para ella— que sostuvo con un viejo amigo y colega con quien había colaborado en La historia social de la literatura muchos años antes. Carlos Blanco, desde su retiro, le escribió un correo descalificando sus afinidades freudianas al no ser el vienés un “científico”. Carlos, “marxista a la española”, decía ella, había trabajado a Unamuno y a menudo tenían conversaciones en las que diferían cordialmente en sus puntos de vista.
Creo que Iris es la única mujer que he conocido capaz de confrontar a sus colegas masculinos de igual a igual. Y, lo más sorprendente, la única con la que ellos consentían discutir en serio, sobre temas históricos y políticos de esos que suelen considerarse “territorio masculino”. En el archivo de Iris se conservan numerosas cartas y notas con peticiones de colegas y alumnos interesados en textos, citas y datos, que Iris siempre contestaba rauda y gustosamente, proporcionando sus propios escritos de manera altruista siempre que le eran requeridos.
La tarea de hacer accesible su obra continúa y muy pronto contará con un portal dedicado a su figura en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Tendrá allí el ‘honor’ de ser la primera hispanista mujer que es incluida en la lista de los notables.
8. Después de haber estudiado su obra, su biografía, puedo afirmar que Iris Zavala es un referente ineludible en el mundo literario, ¿crees que se le ha dado la importancia y el mérito que sus trabajos han aportado a la cultura literaria?
Difícil cuestión. Siempre ha sido una autora e investigadora que levanta pasiones: tiene muchos lectores que admiran su caleidoscópica visión y su ética de no ceder en el deseo. También adversarios intimidados por la solidez y el rigor de sus elaboraciones teóricas, tan alejadas del monocultivo erudito que caracteriza a la Universidad española y del monolingüismo en que todavía subsiste. En ella Iris encontró a veces, hasta en sus mejores amigos, una resistencia inquebrantable a todo discurso teórico importado de fuera. Yo tuve una experiencia muy similar en el campo de la teoría de la traducción, tan próximo a la teoría literaria.
Recuerdo la sorpresa que me produjo que en 1990 Visor publicara a Paul de Man, otro teórico de peso en el mundo anglosajón y francés, pero casi desconocido en nuestro país. Se trataba del texto titulado: La resistencia a la teoría. El libro se centra en Walter Benjamin y la traducción. Indica claramente que la teoría es una elaboración sobre el lenguaje que supone la heteroglosia propia del entre-lenguas que habita el traductor. Entendiendo que el traductor es, en realidad, lo que llamo “un lector sin coartada”. A diferencia del lector común, el traductor tiene que dar cuenta de lo leído en el original. También Iris. La teoría le había permitido evitar la desnudez imaginaria de lo ideológico y de la crítica historicista, lo caprichoso de una lectura impresionista. Introducir además la cuestión de la complejidad dialógica del acto de lectura, que permite aproximarse a tantas otredades. Por otra parte, tiene muchos y fieles lectores que siempre han reconocido su rigor y su singular prestigio, tanto en la investigación como en la escritura literaria; más quizá en las Américas que en la España de hoy donde sus novelas han tenido hasta ahora limitada difusión.

Maria Zambrano
En su propia y breve autobiografía lo menciona, aclarando que ella no escribe superventas. Los premios y reconocimientos que Iris recibió en vida no son pocos. Se emocionaba especialmente cuando el reconocimiento venía de Puerto Rico y de su ‘España deseada’. Le supieron a gloria los reconocimientos de Universidades e instituciones andaluzas con el broche de oro que supuso el Premio María Zambrano, su hermana intelectual y de exilio.
9. ¿Le ha quedado algún deseo por cumplir a Iris Zavala, algún “sueño del amor”?
Cuando llegó a Barcelona en el año 1992 (no era un año cualquiera para ella), su ilusión era poder encontrar un lugar en la Universidad española. Tardó tiempo en comprender que era un imposible. Su más de medio siglo de dedicación al hispanismo en todas sus vertientes parecía justificar esa expectativa en sus últimos años de actividad profesional. Solo encontró silencio y un extraño abandono en el que, para su asombro, desempeñaron un papel inesperado algunos de sus amigos de siempre, con las excepciones que tanta felicidad también le dieron en lugares como Andalucía, donde la tuvieron siempre presente, como decía.
SEGUNDA PARTE. Feminismo y figuras inspiradoras de su pensamiento
10. Considero que Iris Zavala es una afortunada porque tiene la capacidad de escuchar, de mirar de una forma distinta a la habitual, de escuchar a ese otro que somos. ¿Su objetivo es que sus palabras dejen una marca en el tiempo, que dejen huella en el campo de la reflexión?
Iris es una moderna. Siempre en la vanguardia, me decía Carolyn Richmond, viuda de Paco Ayala, cuando Iris se nos fue. Y aunque ahora no estemos en tiempo de vanguardias —preferimos el albur de la moda, es decir, el mercado, a pies juntillas— es necesario, más que nunca, poder leer en sus textos que el arte verdadero no es “encantamiento”. Implica salir del confort intelectual en que nos sume el discurso del amo. Adentrarse en los mares agitados del sentido y el sinsentido es un riesgo, un riesgo casi mortal. El artista moderno, en su ruptura osada con lo doxa establecida, nos invita a la provocación, al reto, y a la retroactividad. Un decir Otro que nos despierte y nos permita ser el Jano que mira en direcciones contrarias: no es sin el pasado que se hace literatura.
La medicina, farmacon, no es otra que la lectura. Y no me refiero a la presión del mercado para que leamos al servicio, siempre, de la industria editorial. La lectura no es el indiscriminado consumir a que se nos incita. No es el espacio del ocio. Es un acto muy calibrado, orientado a un saber más bien oculto que toca al lector en lo más íntimo de su ser singular, pues toca el cuerpo, lo transforma, desde lo imposible de decir.
El compromiso de Iris es ante todo el “bien decir”, el bien decir —que no el “decir bien”— no es el decir-bello, no el elegante, logrado, literario; tampoco la oratoria ni la retórica. Se refiere más a un lugar, a una posición subjetiva, que a los enunciados. Como en la ética del psicoanálisis, Iris se sitúa del lado de la enunciación y no del lado de los enunciados. Se trata de una ética lectora. Consiste en decir desde la retroactividad del pensamiento. Supone reencontrar ese hilo invisible que re-une presente y pasado. La enunciación singular de un sujeto puede recrear ese hilo invisible sabiendo que el sentido de un texto no se despliega de inmediato, requiere sorprenderse cuando lo leído nos separa de lo preconcebido. Ese lugar de la enunciación —como señala Iris hablando de sor Juana— implica un exponerse. Una intemperie que resuena en el cuerpo del lector/a, lo despierta. En La difamación de la palabra afirma con vehemencia: Es necesario tomar en serio lo que saben los poetas: que toda obra literaria que marca un acontecimiento prefigura el futuro, que en realidad son cartas de amor; que la ética lectora es un acto de transferencia (de amor), y que saber leer dialógicamente significa encarar los síntomas sociales que estas obras perfilan.
Le interesan los textos en tanto ponen en juego y muestran cuál es la función del artista, sin excluir la música “popular”, analizando los modos en que cada uno nos remite desde la singularidad propia al síntoma contemporáneo y sus coordenadas sociopolíticas. Todo ello desde lo que, en el decir de George Steiner, es la “era del epílogo”, la “perpetua postrimería”. Zavala no da “soluciones”, uno se embarca en la lectura a la espera de un camino a seguir, para concluir que esa posibilidad resulta una tarea del uno por uno, del trabajo de lectura singular e intransferible del sujeto con su propia subjetividad, encadenados como estamos a la pura repetición en un mundo que ha mercantilizado el deseo.
En su libro temprano Barro Doliente leemos:
No hay respuesta.
No viene de ti De
mí misma a mí
misma cruzará el
temblor.
¡Soy mi libertad!
¡Soy mi esperanza!
Iris se esfuerza por poner a cielo abierto el trampantojo de lo contemporáneo oponiéndolo a la palabra poética y su carga de verdad. Rescata, así, la escritura como “seducción de la verdad”. Propone retomarla, para a continuación preguntarse ¿cómo hacerlo en un mundo despoetizado? Su trabajo muestra el esfuerzo por historizar, — hysterizar, diría Lacan— lo valioso de la experiencia artística como metáfora de la existencia, mientras denuncia sin concesiones los ítems de esta época. Lo poético caracteriza la escritura de Iris, no solo en la novela, sino también en el ensayo: su prosa, y su crítica-ficción tiene el mismo tono y color que introduce la metáfora.
11. En la tesis cito muchas voces que la han inspirado, sobre todo, Unamuno, Lacan, Bajtín. Pero poco se habla de Marx, una voz capital, o más que una voz, una voz de ideas, de pensamientos que están latentes en Iris, pues, por ejemplo, la idea del ser humano en plena lucha contra los opresores, lo vemos en muchas de sus obras. Toda esa filosofía marxista veo que está muy arraigada en su narrativa.
Quizá, en esta suerte de abreviada “genealogía” de la relación de Iris Zavala con el saber, lo central es para mí evocar el amor en que se sostiene el artefacto de lenguaje en que convierte su escritura. Como en sus trabajos sobre el bolero, se trata siempre de una “historia de un amor”, una “metáfora de amor”. Leo sus textos como trozos de vida, condensaciones del ser que hacen de lo vivido historia; metáforas que le dan consistencia, cuerpo, letra viva. Letra tejida con el hilo de oro del amor. Es desde ese axioma primero que los textos de Zavala solicitan ser leídos. Amor a sus temas, y a esos maestros que encendieron la llama.
El saber es hoy ajeno al Nombre del Padre, que en los trabajos de Freud y Lacan articula el amor al padre al deseo de saber mediante una operación simbólica. Sin embargo, ya en la segunda mitad del siglo XX, la dimensión simbólica, que es la del lenguaje, la del significante, se va viendo sustituida por la dimensión tecnológica. El cambio es profundo, si pensamos que es en esa dimensión simbólica, vinculada a un Otro simbólico: Who is that third, that walks beside me?, pregunta la voz narrativa en La tierra baldía (T.S. Eliot, 1922). El lugar preciso donde se forja el sujeto capaz de reconocerse como el “ser de lenguaje”. Ese Otro que somos para nosotros mismos. Implica dar al Padre un lugar fundante, del que deriva nuestra relación con el amor y el deseo. Una vez hemos borrado el Nombre del Padre nos queda solo un saber contable, anónimo, indiferenciado, de cuyos efectos nadie se hace responsable. La escritura de Iris nos devuelve a un pasado a reconocer: es su leit-motiv, reconocer la deuda con sus maestros le permite darles nueva vida. Es esa la función de lo simbólico. En ausencia del padre, Zavala construye una subjetividad, un deseo propio. Una invención, efecto de una elaboración. A eso estamos abocados en el presente: a cimentar nuestra existencia en esas construcciones: ¿cómo lograrlo si los referentes de nuestros jóvenes son hoy las máquinas y las lecturas que el mercado les propone? ¿Podemos sustentarnos en esos referentes que no prometen más libertad que la adicción como forma de vida? En su libro La difamación de la palabra alerta sobre eso a los lectores.
Para Iris, desde luego, todo pasa por el Nombre, por la singularidad del Maestro, que no es anónima, sino ética, es decir, simbólica. Es desde ese lugar fundante que podemos captar la lógica y la ética de todo su recorrido intelectual y vital, muy ligado a los distintos momentos históricos que atravesaron su vida. Y la vida del siglo. En sus comienzos, centrada en la dimensión social de la historia, es decir, en lo que el nombre de Marx representaba en la primera mitad del pasado siglo. Leído retroactivamente, como era su estilo, Marx es el que da nombre al síntoma social, y lo llama “capitalismo”. Aporta además otro significante central, la “plusvalía” que se traduce en la explotación del trabajador. Coordenadas desde las que ella lee la historia de España y la historia de su literatura. Ahí se sitúa la controvertida Historia social de la literatura española, que escribió en colaboración con Carlos Blanco Aguinaga —español exiliado en EEUU— y Julio Rodríguez Puértolas.
Eran años en que la ideología se orienta hacia la “revolución”, marca del siglo que ya en su primera mitad Lacan propone repensar. La palabra “revolución” — convertida en amo— nos dio una trágica lección que no era sino una repetición de la que ya nos había ofrecido la Revolución francesa y su epígono: el terror. Pasadas ya las dos guerras mundiales, y antes de que la sociedad pudiera asimilar el sin límite trágico que supone el holocausto, Lacan se dirigió a los jóvenes del 68, que defendían también una libertad sin límites (ahora ya tomada como un mantra, una palabra vacía en nuestro desnortado siglo XXI) para advertirles que en la palabra ‘revolución’ misma está el equívoco, pues una revolución es ese giro de 360º que nos devuelve, después del sufrimiento, a la misma posición de la que se partía.
Para Lacan —como para Iris— no es ese el objetivo. Sí lo es, en cambio, “la subversión”, en que Lacan opera en toda su enseñanza, advirtiendo que las elaboraciones de Freud constituyen ya una “subversión”, un corte profundo, en lo que se consideraba “la razón” moderna hasta ese momento. En una célebre conferencia pronunciada en Roma (la encontramos en el volumen I de sus Escritos) de título elocuente: “La subversión del sujeto o la razón después de Freud” (1958) Lacan habla para los ilustrados de entonces. La tradición cartesiana de la filosofía moderna — “pienso, luego existo”— se ve cuestionada por el peso que da Freud al inconsciente.
Corte que nos sitúa ante el “pienso, ahí donde no sé qué soy”. Freud nos habla de la otra escena, que puede localizar con la inestimable ayuda de sus primeras pacientes, que aceptaron ser escuchadas por el neurólogo vienés.
Es crucial advertir que, por primera vez en la historia, Freud pasa del tradicional “hablar de las mujeres” a darles a ellas incondicionalmente la palabra. Pudo entonces escuchar en sus fantasías la causa de un sufrimiento: Freud halló precisamente en el campo de lo nodicho, lo silenciado, aquello que se manifestaba solo por sus efectos en el cuerpo de aquellas pioneras que la psiquiatría llamaba “histéricas”. Lacan no borra ese nombre. Al contrario, le da lugar muy destacado cuando elabora, ya en los años setenta, sus cuatro discursos, el del amo, el universitario, el de la histérica y el del psicoanálisis. Formaliza en cada uno de ellos los cuatro elementos que intervienen en los discursos constituyentes de las distintas formas del vínculo social.

Hegel. Bakunin. Marx
Hay una analogía entre Marx y Freud, pero eso no los equipara, desde luego. Ambos comparten el giro más decisivo al considerar unos hechos como “síntomas” delatores de lo que no funciona. Y en la “plusvalía”, que despoja al proletario del beneficio obtenido por su trabajo que queda en manos del capital. Esa alienación produce trágicos desajustes históricos e individuales. Marx aborda lo histórico, pero no atiende a las consecuencias subjetivas de esa alienación. Trasladada a la praxis política, la teoría marxista deviene en el movimiento comunista que extrae un ideal delirante, por desmedido: la dictadura del proletariado en que se enzarza la historia del siglo XX y desata, todavía hoy, todos los fantasmas y dualismos políticos más mortíferos. El síntoma sigue estando ahí, pero exige un desplazamiento que matizó muy bien Lacan al hacer ver que no es aplicable el “para todos” en que despunta la guerra y el desencadenamiento de la pulsión de muerte: la revolución rusa y las respuestas brutales del fascismo. Es en ese escenario que se desata la Guerra civil española de la que Iris vivirá y conocerá muy de cerca todas las consecuencias.
Como no recordar en este punto a su amadísimo Llorens, don Vicente, autor de otro texto clave, Liberales y Románticos, que pocos universitarios españoles tuvieron la fortuna de conocer entonces. De este valenciano extraordinario no puedo sino evocar lo que Iris me contaba divertida: en los momentos más duros de nuestra incivil guerra él se encargaba, con Joan Corominas y Américo Castro (¡casi nada!), de que los “partes de guerra” llegaran impecablemente traducidos y redactados a su destino. Iris me hablaba muy a menudo de esa anécdota, tan reveladora del esfuerzo “humanizador” de esos y tantos españoles ilustrados. Ironía trágica en momentos en que España estaba a punto de caer en manos del fascismo y forzar a toda esa inteligentsia a la muerte o al exilio.
12. Feminismo y Literatura son dos palabras que para Iris Zavala son indisociables, que van de la mano. Yo creo que Iris Zavala no pretende dar ningún ejemplo, simplemente trata de mostrar la visión menos canonizada y presentarnos a mujeres fuertes, que van a contracorriente, que asumen riesgos. Particularmente me gustan estos personajes difíciles, que se cuestionan todo, que no se rinden, que salen de la normalidad. Iris Zavala es una gran conocedora de la historia de las mujeres, por eso trata de ofrecer en su literatura toda esa conciencia feminista.
Creo que “lo femenino” como tal, es decir, como enigma, es muy precisamente el vacío de significación sobre el cual Iris funda su escritura, su pesquisa vital, su odisea personal; su exotopía, en palabras de Bajtín, y su extimidad, si escuchamos a Lacan. En efecto, ella no pretende dar ejemplo, sino mostrar, las diversas lógicas tras las que se ocultan los misterios del “eterno femenino”. No propiamente un “género”. Lo femenino es una forma distinta y singular de aproximarse al objeto que causa del deseo. Lacan decía que en el mundo solo hay dos razas, la de los hombres y la de las mujeres. Apunta así a que, entre todas las diferencias que separan a los seres hablantes, es el intervalo entre el significante ‘hombre’ y el significante ‘mujer’ — solo son eso, significantes— donde se produce un vacío, el corte, la frontera más infranqueable: el muro de lenguaje a cuyo pie todos nos encontramos. Iris Zavala sitúa la mirada en “lo real” de esa diferencia, como vemos en sus textos de teoría tanto como en los de ficción.
Particular “extramuros” donde las voces, esos ecos que pueblan su escritura, resuenan ¿hasta hacerse legibles? Mejor evanescentes, incluso invisibles. ¿O inaudibles? Iris no resuelve enigmas como hacen los detectives. El misterio permanece, pero ya localizado. En el entre-mundos y entre-lenguas que caracteriza a Iris Zavala hay siempre una excentricidad. ¿No será eso lo ’verdaderamente femenino? La cuestión de las mujeres ella la aborda siempre en plural, evitando universalizar el problema. No hay un Todo unificador. Eso equivaldría a situarse del lado masculino de los discursos. En la lógica del universal. La mujer, no-Toda ella está identificada al orden fálico que centra el discurso masculino, ella goza de su otredad, de su goce Otro. Lo más indecible de sí.
Por eso la liberación femenina (entendida como “los derechos de las mujeres”) no puede desligarse de lo femenino, como enigma. Supone atravesar lo imaginario de las teorías de género y adentrarse en el plano de lo simbólico donde el significante se muestra en toda su equivocidad, donde la historia —su insistencia— la implacable repetición que nos permite reconocer lo real del inconsciente, el agujero en torno al cual se tejen los textos de Zavala y la invención del artista moderno.
Además de la gran literatura de siempre, el primero en profundizar abiertamente en lo femenino fue Freud otro gran moderno de ese prolífico comienzo de siglo. Ya en 1901 dio voz a las mujeres —a su sufrimiento—; entre las más célebres está Dora. Leyendo la escritura que Freud hizo del caso vemos que a partir de la palabra de esta joven adolescente pudo elaborar su revolucionaria concepción del papel del inconsciente en la vida del sujeto y constatar que la relación con la sexualidad es siempre traumática. Pues bien, lo que al doctor austriaco preocupó de lo aprendido de sus pacientes femeninas era saber “qué quería la mujer”. Nunca pudo dar una respuesta a ese enigma. Fue necesario que Lacan, décadas después, introdujera ya matices esenciales muy iluminadores: ante todo, la otredad absoluta en que las mujeres existen. Ella es “Otra hasta para sí misma”. El enigma está ya muy presente en la literatura romántica, pero Lacan no se queda en el misterio.
A pesar del escándalo que suscita su axioma: “L/a mujer no existe” (no existe en tanto conjunto homogéneo); corrige así a Freud, que había pensado lo femenino como un Todo universalizable… Iris, con su habitual arrojo, lo plantea así en un Congreso Internacional de mujeres en Atlanta (EEUU) ante una opinión femenina que reniega del psicoanálisis (eso sí, sin haber saboreado sus textos). Me asombré cuando escuché la firmeza y el rigor con el que desplegó ante miles de mujeres, la teoría del No-Toda fálica. ¡Sin atajos!
Lacan, desde su experiencia clínica, demuestra que de la mujer no se pueden hacer generalizaciones: hay que tomarlas ‘una por una’, con su singularidad y sus diferencias. Su fórmula es no-Toda. No todas las mujeres se adscriben del todo al significante fálico. Además, esta afirmación nos lleva a pensar que, si la mujer no existe, entonces, eso a que llamamos «mujer», no depende en absoluto de su anatomía. Lo que determina la posición sexuada de los seres humanos es su posición en el plano de la lógica, es decir, de los discursos. En la literatura universal eso no pasó desapercibido. Iris siempre señala el caso de Cervantes. En efecto, las cincuenta y dos mujeres que aparecen en El Quijote son absolutamente diferentes entre sí, y sucede exactamente igual con Shakespeare: nada tiene que ver, por ejemplo, Desdémona con lady Macbeth. Por el contrario, la mayor parte de los hombres tienen que ver los unos con los otros: el hombre construye universales y persigue el poder. No en vano sostenía irónicamente Lacan que la sociedad siempre ha sido hommesexuel (hombresexual). El goce fálico circula entre los hombres a modo de conjunto cerrado.

Artus Scheiner – Lady Macbeth Sleepwalking illustration from Macbeth by William Shakespeare (1564-1616)
Shakespeare nos muestra esa diferencia; y sabe que no se trata de la diferencia sexual, sino de diferencias mucho más profundas. Además, no hay que olvidar que un hombre puede situarse en el lado femenino de los discursos sociales en relación con el universal fálico. Iris pone el caso de Walter Benjamin, el gran filósofo, quien se identifica con sus fragilidades, se reconoce como éxtimo, siendo la posición masculina la de buscar las fortalezas de manera homogénea. Cita también a san Juan de la Cruz y santa Teresa, a los cuales Unamuno –en un poema muy malo, por cierto– llamaba respectivamente “madrecito” y “padraza”. Es el lenguaje el que determina la posición de cada ser hablante.
La escritura de Iris nos invita en todo momento a repensar la diferencia, en tanto ésa es la cuestión fundamental para el vínculo social que los discursos conforman. Sabemos que las palabras, dependiendo de quién las pronuncie, quieren decir una cosa u otra. El significado de una palabra está siempre en pugna con el de otra, y el lenguaje, a pesar de quienes afirman lo contrario, no es en absoluto transparente, ni unívoco, sino dialógico. Nos sume en la ambivalencia. Ser mujer es una manera distinta de mirar y una manera de vivir en la frontera, en el margen. Un mirar desde fuera, un situarse fuera del centro donde se ubica habitualmente la mirada masculina. El artista moderno, que es también exotópico, coincide en eso. Es el caso de Valle-Inclán, maestro del perspectivismo. Los espejos cóncavos en Luces de Bohemia dan clara idea del sesgo femenino, así como la insistencia de Unamuno en la otredad en tanto rasgo de una subjetividad menos anclada en el centro dominador. Otro tanto harán Brecht o los filósofos rusos del lenguaje. Es decir, de pronto hay planteamientos que, aunque empleen palabras distintas, van orientados a desentrañar esa otredad que nos habita. Por lo que hemos visto a lo largo de la Historia, cuando la mujer deviene centro, es otra cosa absolutamente distinta. Iris nos invita a releer Macbeth, sobre todo los grandes parlamentos de la protagonista y su famoso: “Unsex me here!”. Lady Macbeth está rogando a los dioses que la libren de su sexo. Sabe que desde su feminidad no podría ser cómplice de los crímenes brutales que su marido está preparando para hacerse con el trono. El ansia de poder, el falo, la lleva a traicionar su ser femenino, con los efectos trágicos que todos recordamos. Las obras de Shakespeare rebosan perspicacia y nos muestran que la locura femenina puede también perder el norte para sostener las pulsiones más masculinas y depredadoras. A comienzos del siglo XX surgen nuevos discursos, y posiciones muy opuestas. En “El malestar en la cultura” —para Iris el legado de Freud para un futuro en que ya despierta el monstruo del nazismo— ella destaca un fragmento en que el vienés nos advierte que nada hay escrito —ni en la Tierra ni en el Cielo— que nos permita suponer que los seres humanos estamos hechos para ser felices, idea que Camus recoge también cuando Calígula afirma “Quiero la luna. Los hombres mueren y no son felices”. En la actualidad estamos viviendo ese nuevo malestar en la cultura, cuyo síntoma más notable es el declive de la ética, el darwinismo social y, sobre todo, la falta de vergüenza, algo de lo cual se jacta hoy día buena parte de la sociedad, como si hubiera atendido a pies juntillas, es decir literalmente —sin metáforas— la llamada de los jóvenes del 68 a una sociedad libre donde esté “prohibido prohibir”.
El hedonismo generalizado de hoy rechaza el inconsciente, se impone el culto desmedido al Yo, sede de nuestros prejuicios y cegueras, ¿para liberarnos o para esclavizarnos? A cada uno toca tomar posición al respecto, sabiendo que el peso que demos a cada significante, sobre todo cuando se pone de “moda” y se convierte en Amo del discurso, es determinante. Para Iris leer bien es fijarse en el significante, su equivocidad, su efecto en el cuerpo. Pues se trata del deseo, pregunta que todos hemos de hacernos de entrada ante ese desconocido que es el otro, y el Otro que hay más allá del interlocutor: ¿qué vuoi? — ¿qué quieres de mí? Es la pregunta por el deseo, que desde Freud sabemos, aunque la fórmula sea lacaniana, que es el deseo del Otro en su valor simbólico que nos permite alejarnos de los engaños imaginarios. Aspiración al automatismo, a la repetición —no es otra cosa el inconsciente— que tan bien captó Edgar Allan Poe en su preciosa y cruel “carta robada”. Se trata de una elección entre la vida (Eros) o adentrarnos en la pulsión de muerte (el Tánatos).
Iris, en este registro, nos remite siempre a los grandes textos de cultura que han sabido articular la lógica de los discursos y mostrar al lector que cada lógica tiene sus consecuencias. Algo de la verdad, que siempre se nos oculta, se pone en juego en todo discurso. Y si algo los distingue es la relación que mantienen con la verdad. De ella siempre decía Lacan, que la verdad como tal no puede decirse, es siempre un mediodecir silente. Sus textos no pierden de vista esa ambivalencia del lenguaje que debe mantenernos despiertos a la metáfora, sustitución de un significante por otro. ¿Podrá emerger la verdad en ese intervalo?
Le Silence de la Mer 2004 (Película)


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