Amalia Rodríguez Monroy
A modo de invocación a un interlocutor imposible: los SS del siglo XXI, que “velan” nuestra vulnerabilidad. Agentes secretos, detectives, cuerpos policiales que inspiraron tantas de las páginas inolvidables de Edgar Allan Poe.
En un precioso texto de 1893 que Rubén Darío titula Los raros, y en el capítulo dedicado a su admirado Edgar Poe, relata el nicaragüense su llegada a Nueva York, “la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la tormentosa, la irresistible capital del cheque”. Y hace una encendida salutación a la majestad en que se erige ese icono de la democracia que es la Estatua de la Libertad.
El 11 de septiembre, algo surgido de ese “corazón del monstruo”1, que es para el gran modernista la ciudad de Nueva York, ha trocado su erecta, su magnética omnipotencia —que las Twin Towers tan majestuosamente representaban—, en puro resto, pura indiferenciación.
Vivencia traumática de la falta, que nos lleva —como por necesidad— a las elaboraciones lacanianas. Se nos imponen en el momento de contemplar, en lo Real, el horror del vacío, la presentificación de la Cosa freudiana. Ante esto, la carta robada de ese Poe en que Darío consuela la angustia que le produce el espectáculo obsceno del capitalismo, esa carta robada en la que Lacan supo ver los derroteros del significante, se nos presenta ahora como una carta cerrada, cerrada a toda significación.
Saber hacer con el resto, es ahora la única sabiduría posible. Y en esta coyuntura es Lacan el que nos ha legado una herencia que no puede dejar de conmover todo ese pensamiento creador de grandes construcciones lógicas en las que “lo deslumbrante”, como señala él mismo, es, precisamente, que su historia, la historia de la lógica, “sea, en realidad, la de sus éxitos en ocultarla”. Descomunal acto fallido que Lacan, tan atento siempre al destello que la paradoja desprende, convierte en la puerta de acceso a ese estilo, el estilo lacaniano, por el que se busca convertir ese acto fallido del pensamiento en un acto de dimensión ética.
No faltar a la falta, dice Lacan. Y al tiempo nos recuerda que la función del agujero no es unívoca y que la falta es radical en la constitución misma de la subjetividad. Ahí donde el sentido insiste en fugarse, donde es la ausencia la que señala una presencia, el texto lacaniano en que apoyo esta pequeña reflexión, su Seminario 10, dedicado a la angustia (1962-1963), 2 evoca la inolvidable escena shakespeareana en la que Lady Macbeth se extenúa en el intento de borrar de sus manos la mancha de sangre. “La mancha, intelectual o no —dice Lacan— es imposible de borrar, y cuanto más se busca borrar la huella, más insiste como significante.”
Pero permítanme volver a Poe, ese reverso de la sociedad norteamericana, “el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la muerte”, en palabras de Rubén Darío. La lógica que tan magistralmente desvela Poe en la cómica objetivación de sus relatos detectivescos y en la trágica subjetivación del discurso perverso —captado en el despliegue de su tortuosa relación con la ley, en esos cuentos escalofriantes en que el propio criminal relata y delata su crimen— nos remite a eso mismo que el pensamiento de Lacan persigue descifrar: la causa del deseo. Deseo en su vertiente de goce más mortífero.
Presencia en el escenario arrasado de las Torres, y en la angustia generalizada a que asistimos, de ese objeto a que, cual macho cabrío —el Calibán que evoca Rubén— se exhibe y brinca en desmesurado acting-out. Claro que hoy ha perdido la dignidad que la tragedia clásica otorgó a esta figura obscena —destinada a permanecer “fuera de escena”—. Embravecidos becerros gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la Bolsa. Pero ahora ya no se espera que los espectadores suban al escenario, porque los actores han bajado a la indiferenciación del foso. ¿Habremos borrado en el camino la posibilidad misma de experimentar algo similar a una catarsis, catarsis que más que nunca necesita ser colectiva?
El pensamiento de Lacan —en este tercer milenio— no puede producir eso (no está hecho para el fragor ni el tumulto) pero sí puede contribuir —con la experiencia de la que tan laboriosamente da cuenta— a que vayamos descorriendo el velo. Tras éste se oculta un pequeño resto, destello de una verdad surgida de una búsqueda -la del psicoanálisisque no rehuye fijarse en los detalles nimios, los más oscuros, en tanto son los más cercanos al cuerpo, a la tensión que se produce en sus bordes. Se escucha ahí el persistente rugido de Dios, el angustioso rumor del deseo del Otro.
No podemos eludir que en el cifrado lacaniano de ese objeto, caído del cuerpo, donde para él se localiza la causa del deseo, advertimos hoy (como en los momentos más críticos del siglo XX) la particular prominencia de su forma excremental. Entre los restos fétidos de las torres neoyorquinas brilla el oro. Huella de las formas de relación interhumana cuyo progreso, cuyo circuito económico, atiende a un imperativo terrible que le exige —con repetida insistencia— reducir inmensas masas humanas a la función de excremento.
Pero la danza de Calibán, al compás del rugido de un Otro divino que se manifiesta insaciable, no ha de impedir que de ese Real, de ese horror, broten voces decididas a danzar al son de la metáfora, a sostenerse en el plano de la sustitución y del desplazamiento, a escuchar los ritmos de otras deidades amigas de lo múltiple. Dispuestas a desmentir la bienintencionada falacia de un Adorno abrumado, como tantos pensadores modernos, por la idea de que después de Auschwitz la poesía sea ya imposible, o de un Frank Ghery que, desde el lujo metálico de su Guggenheim, sostenía estos días que “en tiempos de terror la gente no piensa en el arte” 3.
Y, sin embargo, el “decadente” Poe, como el Melville que nos narra “la epopeya del Padre Loco” (en palabras de Éric Laurent) convencido de conocer la causa y el origen de todo Mal, como el Lacan que alude a esa función de barrera del goce propia de lo Bello, nos señalan un camino diverso. Apuntan a una lógica que se nutre de esa relación que el arte logra, en ocasiones, establecer con la verdad que divide al sujeto. Lógica del deseo presente en esa dimensión ética del arte, dimensión que puede orientar mejor nuestro destino.
- Rubén Darío (1893; 1905), «Los raros», La Plata, Editorial Calomino, 1945.
- Jacques Lacan, «Seminario 10. La Angustia» (1962-1963). Copia mecanografiada. Biblioteca del Campo Freudiano, s.f.
- Frank Ghery, «El País», 30 de octubre de 2001.


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