Iris M. Zavala
Conviene comenzar con Borges: “Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual: todos fatalmente lo somos […] no hay obra que no sea de su tiempo […]”. Lacan es nuestro contemporáneo, no sólo porque resistirá los embates del tiempo, y por estar abierto a múltiples interpretaciones. Ni tampoco porque sea el móvil, el apoyo o el punto polémico de todo el pensamiento filosófico y teórico actual —en particular, pero no sólo, el francés, que desde la década de 1950 se nutre de conceptos lacanianos: comenzando con el maestro Louis Althusser, y su reelaboración del término ideología, de tan extensa y sinuosa historia desde Destutt de Tracy—. Nadie puede dejar de escuchar a Lacan en la amplia gama de filósofos, teóricos de la cultura y de los estudios poscoloniales y críticos contemporáneos —de Derrida a Deleuze y a Foucault, alavariada gama de feminismos, politólogos o sociólogos, ensayistas, incluso escritores—, en términos puntuales como discurso, ideología, trazo, diferencia, hiancia, letra, sujeto, escritura, verdad. Pero, ¿qué es un contemporáneo, y por qué Lacan es nuestro contemporáneo? Bajtin y el propio Lacan —dos de mis Virgilios— nos ayudarán a poner los puntos sobre las íes. ¿Será un clásico? No necesariamente, me responde esa bombillita en mi ser, que se apaga y se enciende… De los contemporáneos ya se quejaba Nietzsche, mofándose de los que estaban al día… ¿y qué es estar al día? También Leopardi y Baudelaire sabían que todo lo que brilla no es rutilante, y que tiene a veces una pátina, una lámina que oscurece el sentido.
En mi lectura —y sigo de la mano de mis Virgilios— los contemporáneos son textos que se hacen legibles retroactivamente, desde el paradigma del futuro que prefiguran. Y eso les da a las obras el fulgor y el valor que tienen. Casi —escuchando a Calvino y a Nabokova Lacan se le podría llamar clásico. Pero es algo más, pues un clásico no es necesariamente un acontecimiento, y un acontecimiento es un decir, pero no un decir superficial, no un momento de conocer; está en el efecto de lo que nos determina. Más nítido aún: el acontecimiento no se produce más que en el orden de lo Simbólico; no hay acontecimiento sino de decir, como explica Lacan el “acontecimiento” Freud. Y preciso: el concepto acontecimiento tiene una larga historia, al menos desde Hegel.
Tomemos un modo de acceso barroco; o sea, por enigmas, laberintos y paradojas. Empecemos por citar aMallarmé cuando escribe: “Nada habrá tenido lugar sino el lugar”. Y enlacemos este nudo con los textos maestros: aquellas obras ejemplares que han organizado nuestras vidas, aquellos productos de la creación que se deben admirar, cuyos autores reclaman nuestro respeto y reconocimiento a su trascendencia y autoridad. Son pensadores de certidumbre anticipada que resisten los embates del tiempo y que cobran sentido retroactivamente, con posterioridad. Figuran el síntoma social con nuevas formas, palabras y conceptos; padecen con y del lenguaje; vistumbran lo que ha de venir en lo que ya ha ocurrido. Si los tejidos de alusión tópica de cualquier enunciado vienen ya inscritos en su propia forma, estos guerrilleros desvelan los lugares comunes y reacentúan los valores éticos.
Aludo muy directamente a aquellos trabajadores de la palabra que tocan lo insoslayable de la verdad, y así, son atormentados. “Trabajadores de la palabra” —el término se empleó en la Edad Media para definir a los escritores—, aquellos y aquellas torturados; sí, porque trabajo —nos recuerda Lacan viene de tripalium, que fue un instrumento de tortura. Y el trabajo —permítaseme volver a citar a Lacan—, tal y como lo conocemos por el inconsciente, es lo que hace relaciones con ese saber —el del inconsciente, claro por el que somos atormentados, y de ahí nace el goce. “No ser incautos de ese saber —-sostiene Lacan— porque a fin de cuentas es nuestro único patrimonio de saber” (1974: 9). Pero… siempre hay un pero…, todo tiene su envés: lo que hacemos está siempre determinado por ese saber; un saber que nos sabe, y el hecho de que esté determinado por una articulación soportada por la generación anterior no nos excusa. Termino mi paráfrasis: esto funda discurso. Lo retomaré en otra vuelta.
No es todo. Si la verdad sólo puede decirse a medias, todo decir a medias de lo verdadero tiene a la muerte por principio, y en enfrentamiento con la muerte sólo pasa con lo Bello. Bajtin encuentra en el fondo de la dialogía y su acontecimiento una historia en movimiento, dramáticamente abierta, que excluye toda descripción conceptual metafísica y que únicamente se puede expresar en formas continuamente reinterpretables, y cuya continua reacentuación es siempre una elección cotidiana práctica, que modifica la vida de quien la hace y el mundo en que esta persona vive. Lo dicho tiene su peso.
Prosigamos estas curvaturas y, de paso, establezcamos un diálogo entre Bajtin y Lacan. El acontecimiento en Bajtin no se explica sin su filosofía del lenguaje: el sistema linguístico encierra un significante y un significado cuyo nexo debe ser reconocido como necesario. Esta división del signo implica que “el tú está ya en el seno del discurso”; sibien esta aseveración eslacaniana (1992:392), me parece que permite proponer un punto de partida distinto sobre la dialogía, como acontecimiento de encuentro entre el yo y el Otro, y el momento en que se constituye la palabra. Dicho brevemente: hay una duplicidad en el otro (como en todo signo) y una mutua correspondencia —está el otro imaginario y el Otro con mayúscula—. En Bajtin hay un Otro más allá de todo diálogo concreto, de todo juego interpsicológico —y he ahí todo el desarrollo del concepto de dialogía y del Tercero—. Para Lacan, ese Otro es “el lugar donde se constituye el que habla con el que escucha” (1992: 389).
Así pues, el tú, el que puede responder, no debe pensarse como una simetría, la de la completa correspondencia, el alter ego, el hermano. Y continúo mi lectura. El otro no es un rostro humano, animado por un yo reflejo del yo propio; la concepción simétrica y recíproca de un semejante no entra en este esquema. Y el tercero se refiere al discurso mismo (a tercera persona no existe, nos ha mostrado Benveniste). Este Otro es el lugar donde se constituye la palabra, y su relación con los valores.
Retomemos antes el hilo. La otredad es el elemento constructivo básico; este nivel intersubjetivo implica siempre al yo en el acontecimiento del ser en su relación con el otro, y se resume en la máxima “en el ser no hay coartada”.
Así concebida, la responsabilidad tiene un carácter ontológico, y el acto proviene del yo como centro arquitectónico, siempre orientado hacia el otro. Bajtin establece una coherencia entre el mundo de la cultura y el mundo de la acción humana; el mundo del acontecimiento, del acto, se rige por la responsabilidad. La vida humana es ese acto único de autocreación. La literatura, el hecho literario, se inserta en la práctica social, y la alteridad es siempre material e inestable. El de Bajtin es siempre el mismo pensamiento que continúa; podría decirse que va completando su esquema haciendo entrar en él cosas muy diferentes. Derivo de antemano esta conclusión: para Bajtin se trata en realidad de aprehender el acto original de comunicación que es el hecho literario, y las significaciones que entran en juego, estudiando sus pulsaciones paradójicas, donde siempre persisten las mismas antinomias bajo formas transformadas.
No puedo resistirme a otras tentaciones. No es posible silenciar aHegel ni el Ereignis heideggeriano: el puro pasado que acontece, el único estatuto posible de lo radicalmente otro en lo mismo. Ya siempre acontece acontecer. Así pues, esta escisión, esta errancia es historial: acontecimiento que ya siempre nos constituye como lo todavía no acontecido. Acontecimiento, donación y por tanto inquietante, unheimlich. ¿Debo decir que es uno de los principios de la différance derridiana? Dejo el tema al aire, no sin enroscar mi hilo finalmente en Alain Badiou, y su política del acontecimiento de la ruptura (léase El ser y el acontecimiento). Con voz clara y nítida, donde se sienten y se escuchan palabras y pensamientos lacanianos, Badiou filósofo, lacaniano y novelista— nos invita también a tomar, a valorar lo heterogéneo: a “escuchar” (diría Bajtin) las luchas antagónicas del discurso. El acontecimiento indica que algo diferente e imprevisible se ha producido; es una interrupción anunciadora de un porvenir; mirar el abismo y crear las formas del futuro con una ética que divida las conciencias, que no busque armonías sino rupturas (lo había planteado con valentía y rigor Walter Benjamin en sus famosas Tesis y también en esa relación que establece entre el futuro y el pasado).
Las reflexiones y paradojas de Lacan, que siempre se convierten en una interrogación, un enigma que maneja para suscitar en el otro la voluntad de querer descubrir el porqué de los sufrimientos, histeriza al sujeto, en ese su vaivén entre ciencia y poesía, entre pensamiento y creación. El acontecimiento de su escritura nos demuestra que la verdad no es transparente, que tiene sus reversos y contradicciones, y muchas vestimentas. Uno por uno, nos presenta los síntomas sociales; habla desde los bordes, desde el descentramiento, y crea su universo de disonancias barrocas a partir de una transgresión radical de las normas y la doxa, y contra las pretensiones de hegemonía, revela y desvela las aporías que nos incumben atodos.
Lacan es un acontecimiento que nos ha determinado, y que a mí me ha llenado los oídos de voces polémicas, de disonancias, de paradoxas—como escribía Unamuno-—. Con la voz de Lacan —que he de precisar en un recorrido casi autobiográfico— nace un lenguaje, una nueva forma de habitar la lengua, con su dolor traumático, que nos obliga a historizar el pasado en el presente, porque ha sido vivido en el pasado. Lacan recoge las tres bofetadas asestadas por Freud al narcisismo humano, y añade la cuarta, que este último se dejó en el tintero: el descentramiento tecnocientífico de lo geopolítico (el marxismo y su teoría del síntoma). De manera que todas las construcciones humanas —desde la filosofía a la ciencia misma, la historia, la literatura, las artes, la teoría del lenguaje—, todas y una por una se enriquecen y pueden llegar más al corazón de las tinieblas incorporando el lacanismo. Por dar un ejemplo al azar: ¿qué sería de la linguística y las disciplinas afines si incorporasen esas lúcidas observaciones sobre el lenguaje del seminario sobre la psicosis? Y ¿qué rumbo tomarían las llamadas ciencias del lenguaje, como todo ejercicio o quehacer humano con el lenguaje, si estableciéramos su relación con el goce? Todo, sin duda, quedaría patas arriba… y habría que replantearse todas estas disciplinas, una por una. No es todo, hay un plus.
La lacaniana es una escritura que atrae y rechaza, seduce y dice no; es una escritura (o una voz) que habla desde la frontera, desde el margen, una voz rebelde que rehúye el centro, porque sabe muy bien (y lo dice de mil formas) que en el centro están los universalismos y los discursos amo que nos domestican y someten. Su estilo refleja esa postura: lo logra por antífrasis, por paradojas, por vueltas y revueltas. Sus textos acogen un aumento de suplicio; dan la bienvenida a todas las tormentas y tensiones del antagonismo violento, de la infatuación, de la risa, de las lágrimas y del olvido. Recoge los momentos de crisis, sus síntomas, amenaza invadir la vida diaria. En cuanto trabajador de la palabra, le da nueva vida a la palabra, nos enseña a buscar la palabra plena y, claro está, la seducción y la responsabilidad. Con gimnasia retórica produce grietas, fracturas; inventa formas de discurso cuya capacidad para la fascinación y para hipnotizar son inseparables de la verdad que crean. Su discurso no se ha agotado; desarticula, despedaza los lenguajes de la legitimidad, los significantes amo, desplaza la identidad, convoca el desarraigo. Y otra cosa: resiste el tiempo y al tiempo, porque su lectura es siempre retroactiva, nos adelanta nuestro futuro, desvela las ficciones que nos hemos creído. De la ética a la palabra escrita, a la lectura, a la comprensión, a los discursos que nos mueven, al reverso de los discursos, al arte, al lenguaje: sin olvidar sus paradojas, como aquella de que no se puede creer excesivamente en lo que se puede comprender. ¿Dónde quedan Habermas, Rorty y todo el pragmatismo moderno?
El acontecimiento Lacan —ese hablar siempre desde la frontera— a mí me ha obligado a repensar mi propia escritura y el pensamiento de forma radicalmente distinta. Si el acontecimiento es un decir y, como señalé antes, la verdad sólo puede decirse a medias, todo decir a medias de lo verdadero tiene a la muerte por principio; y nos recuerda, con textos y palabras ejemplares sólo posibles en un lector atento al menor ruido y al menor silencio, que el enfrentamiento con la muerte sólo pasa con lo Bello.
No puedo resistir otras tentaciones, no sin enroscar mi hilo, finalmente, en que el acontecimiento Lacan rompe lanzas por una política de la ruptura (retomada por Badiou) y una escisión del lazo social; un proceso radical de división de lugar, que nos invita a tomar en cuenta la carcoma de lo heterogéneo, a “escuchar” (otra vez Bajtin) los antagonismos. Ruptura y disonancias que sostienen una ética que no cede ante el deseo, ese imperativo ético lacaniano que representa Antígona. Lo dicho nos obliga a tomar riesgos con el deseo, y se hace imprescindible citar de nuevo a Lacan: “El deseo, lo que se llama el deseo, basta para hacer que la vida no tenga sentido si produce un cobarde”. El acontecimiento indica que algo diferente e imprevisible se ha producido; es una interrupción anunciadora de un porvenir; mirar el abismo y crear las formas del futuro con una ética que no una, sino que divida las conciencias, porque toda ética que no incorpore su reverso es tan solo bienaventuranza y engaño edulcorado. Pero no insistiré más por ahora.
Y ya casi finalizo. Lacan es un acontecimiento que nos ha determinado. Un paso más adentrándome en el laberinto me conduce a Borges y a una intuición sobre el acontecimiento: “En tiempos de auge —escribe en Historia de la eternidad— la conjetura de que la existencia del hombre es una cantidad constante, invariable, puede entristecer o irritar: en tiempos que declinan (como éstos), es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador podrá empobrecernos”. Esa es la invitación que me ha hecho Lacan, ésa es la palabra de su banquete. Y ahora, sentada en esta mesa, sólo me cabe añadir las transformaciones que el acontecimiento Lacan ha marcado en mi propio decir, en mi escritura.
Este mi héroe -y como todo héroe, trágico— me ayuda a comprender la neurosis moderna, los síntomas, las estrategias y tretas y abismos del lenguaje, la paradoja y su envés, la lectura retroactiva O el aprés coup, e intentar desescribir nuestro pasado para reescribir nuestro presente. Me ha enseñado que hay una equivocidad necesaria para que la expresión sea justa. Me ha invitado —nos invita— a retomar una y otra vez lo que sabe el poeta: que las palabras se eligen siempre con alguna equivocación. Nos elabora una teoría del lenguaje que se apoya en la convicción de que una lengua no es más que la totalidad de los equívocos que su historia ha dejado persistir. como escribe en El atolondradicho.
Con su retorno a Freud, y su desarrollo de conceptos fundamentales para la teoría y la teoría literaria, nos advierte que el cuerpo está recortado por el lenguaje y que es necesario aprender a leer sus síntomas. Su ética está vinculada al deseo. Así, vuelve a Aristóteles, y traduce la virtud como modo de deseo o disposición, lo cual tiene como consecuencia una nueva interpretación sobre la doctrina del bien que servía al dominio del amo antiguo. Finalmente, yeso no es todo, su lectura de Kant con Sade muestra la ley y su envés, y nos refuerza lo que saben los poetas: que cuando están en juego el placer y el dolor, la función del lenguaje fracasa. Y como apostilla o suplemento, nos conduce a escuchar —igual que Bajtin— , atomar en cuenta que la gran literatura sólo tiene un tema: el mal, y no ignora su relación con la metafísica y el utilitarismo.
Y para terminar de exponer por qué Lacan se ha hecho imprescindible en mi pensamiento y en mi escritura, subrayaría que nos esclarece con lucidez barroca la compleja relación entre lenguaje y verdad —cosa que mi maestro Unamuno sabía—. Compleja por cuanto cada teoría de la verdad implica una forma de lenguaje.
Lo mencionado me ha obligado a repensar el lenguaje y su límite, porque se trata del esfuerzo que tiene que hacer cada uno de nosotros para situar aquello que excede al lenguaje y a la razón. Lacan me induce —nos induce a todos los trabajadores de la palabra— a tener muy en cuenta el inconsciente, y nos remarca que los seres humanos no somos sólo razón, sino también aquello que ya sabía Goya, gran crítico del racionalismo y la ilustración. De la mano de Lacan, y prendida de sus voces, me he visto obligada a releer a mis grandes inspiraciones —Sor Juana, Marx, Freud, Darío, Unamuno, Valle Inclán, Bajtin, Benjamin—, y aprender a leer con otros ojos y al sesgo. Podría continuar pero únicamente debo añadir que sin Lacan los textos que escribo serían más planos, y sin su pensamiento hubiera sido imposible leer en retroactivo, o valorar el legado que aquellos héroes trágicos que son nuestro patrimonio nos han dejado.
Referencias
Jacques Lacan, “Los no incautos yerran” (Les non dupes errent). Texto mecanografiado de la Biblioteca Freudiana, 1974.
— El Seminario. Libro 7. La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1991.
— El Seminario. Libro 17. El reverso del psicoanálisis, Buenos Alres, Paidós, 1992.


Comments are closed.