Entrevista de Domingo-Luis HERNÁNDEZ, escritor y profesor Titular de Literatura Española en la Universidad de La Laguna
PRIMER TIEMPO: BARCELONA (mayo, 2007)
Me encontraba allí, donde tantas veces, en la casa a la que considero mi casa de Barcelona, en la casa donde Amalia e Iris tenían su hogar. Aparte de hablar y más hablar con Iris sobre literatura, cultura, la universidad que cojea, de rescatar a algunos muertos y matar a otros vivos, aparte de ser acompañados por la Fredy cubana en el reproductor de discos compactos, de emocionarnos con la Fredy cubana y de reírnos con la Fredy cubana, era inevitable que recurriéramos (a altas horas ya de la noche) a Cambalache, en la voz de Susana Rinaldi. Porque el mundo es así y ya está bien de ser tan felices. (“¡Ja, ja, ja…!”, rió Iris.) Ni yo ni ella somos pesimistas, más bien lo contrario, optimistas por lo que hemos vivido y por lo que nos queda por vivir. Pero no quedaba otra opción que ponernos serios porque cuando tú reúnes los centenares de datos para grabar una conversación con Iris M. Zavala como yo reuní y recurres a su eminente sabiduría crítica, a las decenas de libros suyos y a otras de sus conversaciones tienes que plantarte. Así lo hice. La pequeña pero adusta mujer de mirada firme me fijaba en el punto preciso del mundo. Y entonces recurrí a lo que habíamos compartido. Vino a mi memoria (antes de reírnos de nuevo por la ocurrencia) lo que un allegado (Santos Sanz Villanueva) me preguntó cierta vez: «¿tú eres amigo de Iris M. Zavala?». «Sí». «Imposible». Acudía a ese imposible el carácter de Iris y que nunca se calló pese a quien se encontrara frente de su rostro. No era imposible. Con Iris M. Zavala me sumergí durante mucho tiempo en los estertores de la gran amistad, a veces por la escritura de América y otras por la correspondencia. A veces recorrí boleros con soltura, incluso los bailé. Y otras conversamos hasta la extenuación del feminismo teórico, ese que le regaló al siglo XX y lo que lleva del XXI la mirada suspicaz. Hablamos de sus admiradas y admirados. Y me aleccionó sobre algunas alusiones preclaras de Lacan y cómo habría de administrarse en los análisis esos registros. Y nos congratulamos de lo que habíamos hecho, ella en el frente y yo de editor, como el espléndido Feminismos, cuerpos, escrituras (2000). Me aleccionó sobre lo que significa la homosexualidad entre mujeres, mujeres con las que me encontré, hablé, me divertí… El mundo para nosotros siempre era vasto. Por eso me lo hizo saber una vez. «¿Sabes por qué nos queremos tanto tú y yo?». No dudé; esperé. «Porque eres uno de los pocos hombres de cuantos he conocido en este mundo que no le teme a las mujeres».
Vamos a ver, ya está bien —le dije— de aguantar que los añadidos personales e intelectuales se conviertan en este país en una carga horripilante, que personajes como Iris M. Zavala tengan que pedir excusas por saber teoría literaria, mirar de modo diferente al modernismo y a Valle-Inclán y sostener que Unamuno es el gran desconocido y te repita que hay que oír a Bajtín o que el problema que plantea el Quijote es el problema de la ética o que aquí (después del Quijote) se han escrito pocas novelas de amor, o que el “amo” y el “esclavo” de Hegel nunca están lejos de cada uno de nosotros, etcétera, etcétera, etcétera. Apuntamos, de ese modo, hacia el extremo de la desconsideración que, por más que se arrope con brillantes notas a pie de página y documentadas bibliografías (¡ya quisieran ellos!), es ignorancia. Y recurrimos al todo de la sospecha, esa marca que los masculinos (algunos poco musculosos) añadieron a su estatus en eso que se llamó el neo-barroco. La sospecha es femenina —dijo— y hablamos de Sor Juana, de sus alucinantes sonetos de amor y de la terrible carga de ser mujer (y más feminista, dotada, inteligente, cultivada, rebelde, política e ideológicamente fundada) en este mundo que (en muchas cosas) es una porquería, como cantó ya sabemos quien.
Qué les vamos a hacer; no se enteran de nada y, además, sienten un miedo irrefrenable por la posibilidad de ser figuras del pavoroso retrato del no enterarse de nada. El asunto es que no nos pueden reducir a la casa y al jardín —comenté. La casa y el jardín son productivos ahora, dijo ella, porque no nos pueden callar (¡gran Sor Juana, a pesar del intento de reducirla a pobre monja y cuanto más calladita mejor!). Así se maneja Iris M. Zavala: teórica de la literatura, ensayista ejemplar, gran académica (de las de verdad) y, para más señas, novelista y poeta.
—Déjate de pamplinas y comienza ya, si vas a comenzar alguna vez, esta entrevista —me dijo.
Yo obedecí:

Iris M. Zavala se mueve en varios frentes de la cultura: academia, ensayo, novela, poesía… ¿para cada una de estas —llamémoslas— convenciones hay un discurso que las defienda?
A lo largo de los años, y para ser muy precisa con mi libro Libertinaje erudito en los albores de la ilustración [1978] y mi edición —con extensísimo ensayo— de Alejandro Sawa y la bohemia [Alejandro Sawa, Iluminaciones en la sombra, 1986], he comenzado a cruzar fronteras. Todo es ficción. De manera que he ido soltando los lastres del ensayo académico para convertir mi escritura en ese cruce de fronteras que dije, en encuentros discursivos. Lo entiendo como una manera de desestabilizar la norma. En adelante, entrecruzo discursos. En mi novela hay ensayo, poesía, referencias y envíos a otras lenguas. Amo eso que llama el diccionario la poliglotía [el conocimiento práctico de varios idiomas] y ésta (que, por lo demás, está presente desde mis primeros poemas) va cobrando fuerza. Siempre sentí voces del pasado y del futuro dialogando conmigo. Soy transversal y acrónica [sucede cuando el sol deja de ser visible], camino que me ha llevado a entrelazar épocas, siguiendo el modelo de un trípode, de un cení, de una pirámide, en una serie de estructuras que se rejuvenecen. Soy políglota integral que no se avergüenza de la variedad de sonidos y sentidos. Mi exilio, que se revela solo en el grano de mi voz, me ha inducido a llevar en ambas manos formas que han dejado huella en mis palmas (libros antiguos, documentos de archivo, periódicos viejos) removiendo las épocas para aproximarlas, tomando de sus mesas los manjares del saber apetitosamente dispuestos. Mi lengua es plural. He cambiado de estilo de acuerdo a lo que narro y a quién lo narro; intento que ninguna lengua me imponga un estilo o lugares comunes y prefiero refocilarme en los malentendidos.
La academia, ¿cuál debe ser el papel de la academia en relación a esos valores que tienen como centro la erudición, el análisis exhaustivo en cualesquiera de las materias del conocimiento humano, en el mundo actual?
Creo que la mayor aportación del mundo académico debiera ser desarrollar la sensibilidad para civilizar. No se trata del conocimiento sino del saber, de enseñar la importancia del pasado, no como algo muerto sino en diálogo. Y justamente en este mundo hipermoderno, globalizado, la ética será justamente la que nos conduzca a civilizar. Hemos de recoger el legado de la República, el arte como una cuestión de formas, y ante todo, de una cuestión de sensibilidad e ideas; de la sublimación del arte. Digamos que es una subversión en la función, en la estructura del saber; un saber al servicio del trabajo de civilizar (el arte, lo único en la modernidad que le otorga un lugar al sujeto).
Paremos en la ética. ¿Cómo debemos interpretar esa palabra hoy, que es mucho más que un concepto?
Como una forma de dominar al depredador que todos llevamos dentro. La escritura (sistema de citas, discurso entretejido con rasgos autobiográficos) invita a resolver, como la Esfinge con Edipo, el enigma de la condición humana. Se amonedan las palabras, para que las proezas no pierdan su lustre; se toma conciencia de que no existe ni una sola página, ni una sola palabra, que no postule el universo como atributo de la complejidad.
Si el pensamiento es una fuga en sí mismo, este proyecto, bajo el nombre de memoria, nos permitirá intentar hacer ciertos señalamientos, localizaciones, descubrimientos. Pienso en la reducción al silencio de esta memoria y en la irrupción de la palabra para recomponer aquel acontecimiento traumático trágicamente enmudecido. No por azar he comenzado por enunciar algo que, espero, nos permita recuperar un mensaje ético.
Iris M. Zavala ha hablado de ética y universidad. Me gustaría que resumieras ese discurso.
Creo que la universidad, y la educación en general, debieran abordar el retorno a la ética, una subversión en la función, en la estructura del saber, un saber al servicio del trabajo de civilizar (el arte, el único ámbito que en la modernidad le otorga un lugar al sujeto, repito). La universidad debe concebirse como institución que se apoye en la frontera entre la verdad y el saber, cuyo principio soberano es enseñar. La universidad introduce en la palabra y en el mundo de las ideas la duda y el enigma, es decir, la sospecha. Debemos prepararnos con interrogantes a desempeñar ese trabajo tan arduo que se llama civilizar (insisto) y que es producto de una posición ética. Es decir: civilizar, domesticar La Cosa…, lo real, el goce; o dicho en palabras más simples, al troglodita y depredador que todos llevamos dentro. El sujeto ético busca la «palabra verdadera» frente a la engañosa, la que debemos reconocer en sus manejos retóricos. Aludo, claro, al recelo (la sospecha, que ya dije) que no es otra cosa que saber escuchar las posiciones axiológicas del otro. Se podría decir, resumiendo, que la verdad es una actitud ética frente a uno mismo y al otro.
Tú último libro tuyo de ensayos se llama Leer el Quijote. Siete tesis sobre ética y literatura (2005). Repito, para que reflexiones sobre ello: Quijote, ética, literatura…
La interpretación, que de eso se trata, supone (creo) reinterpretar en nuestro presente la ética escondida entre los pliegues de la palabra. ¿Qué nos dice hoy Cervantes? Así sugiero una lectura retroactiva, que retome los síntomas sociales que ese libro de libros proyecta, entre risas y carcajadas, y lamentos y duelos, y amores desgraciados. Además, mi lectura de este monumento de la literatura de todos los tiempos, el Quijote, es que proyecta una ética del deseo, un no renunciar al propio deseo (de ahí su raigambre espinozista). Se observará que cuando el Caballero cede en su deseo, muere. Y, claro, algo fundamental: propongo una lectura de la paradoja, desde el futuro, centrada en ese loco insolente del hidalgo que desafía la muerte y nos conquista con el pudor. Aludo al futuro y a lo retroactivo y al après coup [después] lacaniano. Propongo leer nuestro texto (el Quijote) desde el futuro que prefigura. Se trata de una articulación distinta del tiempo. Es este un texto privilegiado que nos permite leer el futuro creando una nueva forma de discurso (vínculo social) inseparable de la verdad que crea. O, dicho de otra manera, nos incita a des-escribir el futuro, borrarlo y no caer en la repetición de las identificaciones. Supone una ética, porque limita el goce. Propone, adelanta una ética. ¿Y qué nos dice Cervantes? ¿Nos propone una relación amorosa destinada siempre al fracaso? ¿Nos propone una vuelta al pasado? ¡No!, todo lo contrario. Es una mirada al futuro, una ética (no moral) de contención, de pudor, una ética de la responsabilidad de cada sujeto.
¿Qué ética debe asistir a la crítica literaria, a los estudios literarios y al análisis de las obras literarias?
Justamente la lectura de los grandes monumentos literarios nos debiera llevar a una ética de la lectura, que supone (repito) la responsabilidad de cada uno con la cosa leída.
Pensamiento. Es frecuente separar de la exégesis literaria eso que llamamos pensamiento o filosofía. La llamada crítica textual se aplica (como las modas teóricas) a autores que incluso abominan de ella. ¿Cómo es posible proceder así?, ¿cómo actuar con tiento sobre las obras de otros humanos sin aplicar pensamiento y calidad del pensamiento para desentrañar sus universos?
Elaborar una ética de lectura (apoyada también, insisto, en otros adelantados) supone organizar una red significante que nos ayude a leer el síntoma y a comprender las resonancias que la letra deja tatuada en el tiempo. Los contemporáneos son textos que se hacen legibles retroactivamente (el àpres coup lacaniano, que ya cité), desde el futuro que prefiguran. Y para acercarse a ese nudo de paradojas y contradicciones que prefiguran, se hace necesario aquello que Lacan llama transferencia, pues solo el amor podrá descubrir en las obras el fulgor y el valor que tienen. Comencemos por subrayar que su ética no es un proton pseudos, o sea, una primera mentira, regulada por la ley de engaño que rige toda especulación humana. Lacan (ni Bajtín) sugieren paradigmas, o lo que es lo mismo, modelos o ejemplos. Desde la mirada de una definición de la filosofía de la ciencia (de donde proviene el término) sería una manera, un modelo general para contemplar o mirar los fenómenos. “Modelo general”… ¿Y eso qué es?, ¿es posible hacer generalizaciones sobre el deseo humano?, ¿es posible generalizar sobre ese goce que se llama escritura y que responde a los síntomas de cada sujeto? Aludo, claro, al uno por uno, o si lo cambiamos al femenino, al una por una. Visto así se hace imposible creer en los paradigmas que son, a final de cuentas, universales. El proton pseudos más poderoso y peligroso, el que conduce a lo global.
Yo, en cambio, propongo que la escritura (toda escritura) es un modelo para armar. Y por este camino recorreremos un buen trecho. Un modelo para armar (reacentuando el magnífico título de un texto de Cortázar [62 Modelo para armar, 1968]) que es necesario leer desde una postura ética. Induzco, pues, cual ya he repetido, a leer con ética. Y ahora nos deslizaremos por lo que propongo como una ética de lectura, no sin antes resbalar por algunos términos que nos ayudarán a asentar bien las zapatas de nuestro edificio. Hemos, por tanto, de dejar de lado el concepto manido de clásico y repensar lo que es un acontecimiento. Un clásico no es necesariamente un acontecimiento y un acontecimiento es un decir pero no un decir superficial, no un momento de conocer; está en el efecto de lo que nos determina. Más nítido aún: el acontecimiento no se produce más que en el orden de lo Simbólico; no hay acontecimiento sino de decir, en palabras de Lacan explicando el “acontecimiento” Freud. Y preciso: el concepto acontecimiento tiene una larga historia, al menos desde Hegel.
Prosigamos estas curvaturas y de paso establezcamos un diálogo entre Bajtin y Lacan. El acontecimiento en Bajtin no se explica sin su filosofía del lenguaje: el sistema lingüístico encierra un significante y un significado cuyo nexo debe ser reconocido como necesario. Esta división del signo implica que «el tú está ya en el seno del discurso»; si bien esta aseveración es lacaniana, me parece que permite proponer un punto de partida distinto sobre la dilogía, como acontecimiento de encuentro entre el Yo y el Otro, el momento en el que se constituye la palabra. Dicho en plata: hay una duplicidad en el otro (como en todo signo) y una mutua correspondencia. Está el otro imaginario y el Otro con mayúsculas. En Bajtin hay un Otro más allá de todo diálogo concreto, de todo juego interpsicológico (y he ahí todo el desarrollo del concepto de dilogía y del Tercero en Bajtín). Para Lacan, ese Otro es «el lugar donde se constituye el que habla con el que escucha».
Así pues, el tú, el que puede responder, no debe pensarse como una simetría, el de la completa correspondencia, el alter ego, el hermano. Y continúo mi lectura. El otro no es un rostro humano, animado por un yo reflejo del yo propio. La concepción simétrica y recíproca de un semejante no entra en este esquema. Y el tercero se refiere al discurso mismo (la tercera persona no existe, nos ha mostrado Benveniste). Este Otro es el lugar donde se constituye la palabra y su relación con los valores. Retomemos antes el hilo. La otredad es el elemento constructivo básico. Este nivel intersubjetivo implica siempre al yo en el acontecimiento del ser en su relación con el otro y se resume en la máxima «en el ser no hay coartada». Así concebida, la responsabilidad tiene un carácter ontológico, y el acto proviene del yo como centro arquitectónico, siempre orientado hacia el otro.
[Paréntesis, como a Iris le gusta decir. En el año 2003 Iris M. Zavala asistió a uno de los “Coloquios en vivo” organizados por la Consejería de Cultura del Cabildo de Tenerife. Fue una larga conversación en público con el que suscribe estas páginas, que luego apareció transcrita con el título de “En el mundo de Iris” en The Barcelona Review, número 41, marzo-abril de 2004. Allí recordé la extrañeza que le produjo a Manuel Vázquez Montalbán el hecho de que, para explicar aspectos del bolero, Iris recurriera muchas veces a Hegel, a Lacan… Esa extrañeza aparece en el “Prólogo” a la segunda edición, muy ampliada y corregida, de El Bolero. Historia de un amor, 2000, y con ella jugó el escritor en la presentación del libro en Barcelona. Remito al apartado dedicado a ese libro en el presente texto donde reproduzco las respuestas de Iris.]
¿Por qué debemos escuchar a Bajtín?
Bajtin establece una coherencia entre el mundo de la cultura y el mundo de la acción humana. El mundo del acontecimiento, del acto se rige por la responsabilidad. La vida humana es ese acto único de autocreación. La literatura, el hecho literario, se inserta en la práctica social; la alteridad es siempre material e inestable. El de Bajtin es siempre el mismo pensamiento que continúa. Podría decirse que va completando su esquema haciendo entrar en él cosas muy diferentes. Derivo de antemano esta conclusión: para Bajtin se trata en realidad de aprehender el acto original de comunicación que es el hecho literario y las significaciones que entran en juego, estudiando sus pulsaciones paradójicas, donde siempre persisten las mismas antinomias bajo formas transformadas.
(Más Bajtín, de la conversación citada de 2003 impresa en The Barcelona Review, núm.41, 2004)
Yo empecé a leer a Bajtín en New York. Sería el año 1971. Lo primero que leí fue La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, libro del pensador ruso traducido al inglés. Después comencé a leerlo en francés, porque lo había traducido Julia Kristeva (a ella se le debe el conocimiento de Bajtín en Occidente; por desgracia su conocimiento fue muy limitado, en el sentido en que ella restringe términos bajtinianos, por ejemplo, de la idea de Bajtín de «voces» ella toma la «intertextualidad»; pero las «voces» de Bajtín tienen muchos niveles de interpretación, no es solo lo textual). Cuando leí la Estética de la creación verbal estaba en Italia y me pareció reconocer a mi viejo amigo don Miguel de Unamuno, con quien aprendí tantísimas cosas sobre el otro y el problema con el otro, toda la filosofía de la alteridad. Y también toda la teoría del lenguaje que es asimismo Unamuno. Voy a decirlo: Unamuno es un escritor, como Valle-Inclán, que se ha leído muy mal en España; se ha leído con criterios decimonónicos, en lugar de leerlo con criterios del siglo XXI. Unamuno es un escritor de futuro y sobre él hay que hacer asimismo lecturas retroactivas. Me interesó de Bajtín su concepción tan lateral (que es mucho más que «inteligente») de todo lo que es el acto de creación, de lo que es la palabra poética… Su Dostoievsky [Problemas de la poética de Dostoievski] es un libro que no me canso de leer. A veces me ocurre como con la Biblia. Abro una página, leo y me digo «¡jolines!», porque siempre encuentras algo nuevo o lo interpretas de otra manera. Y me pareció importante que Bajtín se conociera en español. Aquí, en esta lengua, se escribió una novela dialógica que es una de las cumbres de la novela de Occidente, el Quijote. Y aquí, en esta lengua, se escribió otro monumento de Occidente que es el Lazarillo (y ya sabemos que del Lazarillo al Quijote hay un paso). Aquí hay un monstruo que todavía no se ha podido cercar y jamás se podrá cercar, realmente, que es La Celestina. Así es que en la lengua española tenemos tres monumentos de la cultura occidental impresionantes. Y habría que analizarlos con otros ojos, porque la filología clásica no me aporta nada. Tiene que ver esto con lo que yo llamo «la literatura» y no la erudición filológica sin más. Por la literatura creamos identificaciones nacionales y lealtades; somos lo que leemos. Por la lectura creamos el vínculo social que se llama cultura. Y para entender convenientemente lo que digo, me parece importantísimo poner a funcionar a Bajtín. De modo que hablé con una amiga de Alianza Editorial y le expliqué todas estas preocupaciones mías para crear una colección de teoría literaria y traducir todo Bajtín. Los únicos libros que salieron fueron los dos volúmenes de Voloshinov/Bajtin, El marxismo y la filosofía del lenguaje, con prólogo mío; y de Medvedev/Bajtin, El método formal en los estudios literarios, prólogo de Amalia Rodríguez Monroy, y luego los dejaron de lado. Y eso nos lleva a otro problema de la cultura: hay libros que cumplen una función ética y deben publicarse aunque no den dinero. De modo que, después del fallo de Alianza, me acerqué a la editorial Anthropos de Barcelona y allí aparecen algunos títulos de Bajtín con materiales que no están en ninguna otra lengua. Hay un libro de los borradores, Hacia una filosofía del acto ético. De los borradores y otros escritos, con un extenso ensayo mío, y Bajtín y sus apócrifos…
Y debo aclarar que Bajtín es un filósofo, no es un crítico literario sin más. De ahí el error de Kristeva de haberlo pasado como crítico literario. Es un filósofo, es un filósofo del lenguaje, se dedica a la ética (como Aristóteles, como Spinoza, como…). Está todo Bajtín (como no ocurre en otra lengua culta) y lo paradójico (el mundo es paradójico) es que no ha calado en el ambiente cultural de este país; se sigue con una filología positivista; hay mucho miedo a la teoría (y teorizar es simplemente reflexionar, acercar un objeto de estudio y reflexionar sobre él). Estoy segura de que las generaciones jóvenes verán las cosas de otra manera.
Bajtín me cambió mucho a mí el mundo. Quien lea mi Escuchar a Bajtin [1996], esa fiesta de la interpretación, se dará cuenta de ello. A él le debo permutaciones sustanciales en mi ser y, por tanto, en mi escritura. Bajtín se me presentó como necesario y después de él me fue muy fácil acercarme a Lacan, que es otro de los grandes teóricos además del padre del análisis después de Freud. Lacan es un filósofo del lenguaje, y para darte cuenta de ello no tienes más que leer el seminario sobre La psicosis. Aparte de los estudios clínicos, sus páginas nos dejan deslumbrados por sus análisis sobre el universo del lenguaje. Lo que nos distingue a los seres humanos del resto de los seres del planeta es que somos seres hablantes y somos «hablados» por el lenguaje. Al mismo tiempo el lenguaje nos enferma, somos enfermos del lenguaje. Y esa es la neurosis de la modernidad: la enfermedad del lenguaje.]
Vuelvo al Quijote y al extraordinario prólogo de la primera parte de 1605. Allí convive la ironía con una sagacidad extraordinaria de Cervantes. Para ello, el autor de este gran monumento de la narrativa juega con tres factores: lector (a quien dirige el prólogo), yo (escritor y autor del Quijote) y la escritura (esto es, la obra propia y la escritura de otros). ¿Es imprescindible jugar siempre en la obra propia con esta confabulación triple?
Sin duda, pero de distinta forma. No hay que repetir el pasado, sino aprender de nuestros propios fracasos. Creo que la literatura, la escritura, es un juego constante entre el lector, el escritor o escriba y la escritura en general. Son los trasvases, los encuentros los que animan mi propia escritura. He perseguido (y no siempre conseguido) violar las normas para después destruir y reconstruir otro mundo. He tenido en mi vida ires y venires. Voy cambiando de estilo buscando la voz de lo que me interesa, haciendo todo lo posible por no dejarme meter en la jaula de lo “ya dicho” (ni siquiera por mí) y cambio, mezclo las lenguas, jugando con el lenguaje y las palabras, que no cesan de aparecer brillantes, con su atracción irresistible sobre nosotros. Su proximidad nos expone a un peligro mortal, aunque es, simultáneamente, una fuente de placer. Ese peligro que es el lenguaje, esa aventura que es la palabra en su recorrido por el circuito simbólico me ha llevado por el tesoro de lalengua (lo que el porvenir añade a la palabra, sujeta al equívoco, veta de lo real que ha dejado su sedimento en el curso de los siglos). Esa lalengua [término de Lacan] está ligada a mi “historia familiar” ––el lugar donde nací y me crié–– mis padres y su historia, los abuelos y los tíos, primos, deudos, amigos de la niñez, compañeros de la escuela o de la universidad, mis profesores y maestros, pero también a las mil voces que se han añadido a aquella música. Soy nómada, pero también peregrina. Caminar, indagar, cambiar, desplazarme forman parte de una responsabilidad que me obliga a buscar allí donde me enseñen más. Nómada. Estoy apegada a la deriva, rebotando de una ciudad a otra, de un país a otro, y lo he mirado todo desde la perspectiva del que se encuentra fuera, con la fragmentación propia del que contempla las cosas solo de paso. Aprendí el arte de perderme en la ciudad y se pueden ver los mapas que he recorrido en el fulgor de mis ojos. Me he mantenido en vilo con el deseo, pero no se trata sino de una simple posibilidad, armándome cuando puedo del optimismo y del deseo. Es un punto que me ha inducido a poner espalda contra espalda al dominio y a la muerte, y es el espíritu de esta espiral lo que me mantiene en vilo.
Lectura es tiempo, voluntad de destejer los signos sobre el espacio, sobre la página emborronada por el laberinto de las letras.
Tiempo, sí, en todas sus dimensiones, que el escriba debe mezclar…, desde la historia familiar a las ficciones que nos inventamos. Conviene describir el nuevo malestar de la cultura. Nuestra época se caracteriza por las guerras lejanas, las invasiones, la amenaza islamista, la esclavitud, la explotación más cruenta y la sumisión de millones de seres que malviven en el tercer mundo y el primero, el del progreso y la empresa privada. La creciente concentración de la riqueza y la indiscriminada explotación de los recursos naturales dejan en abandono a los “condenados de la tierra”, que decía Frantz Fannon. Y, por si fuera poco, una realidad construida con los medios de comunicación, los piercings (lo que se clava en el cuerpo para tener algo), el libro que no se lee, la acumulación, el individualismo a ultranza como rechazo de lo colectivo y, además, la inseguridad, la violencia… Y ¿que hacemos?, ¿tomamos posición crítica o dejamos que se infiltre en nuestras vidas? En efecto (y sigo al filósofo, psicoanalista y crítico cultural esloveno Slavoj Zizek), somos objetos sacudidos por la civilización del odio. El odio no lo tomamos en cuenta más que en momentos puntuales, un no tomar en cuenta cercano en sus diversas formas de violencia contra el semejante: maltrato, amenazas, persecución, fenómenos de nueva aparición (mobbing, buylling). Sin dejar de lado los fundamentalismos del tercer mundo, de los fundamentalismos de la mayoría moderna norteamericana… Y ante todo, la judicialización de la vida cotidiana, la desaparición del respeto y de la distancia simbólica. El tuteo generalizado es una de sus formas, la gerontofobia que se percibe en algunas de nuestras instituciones, en las prejubilaciones que dejan al sujeto a la deriva, y un culto a la juventud que asoma su rostro en todos los ámbitos de la cultura y lo social. La eterna juventud es la meta y la medicina pone al servicio de todas, desde la manera de cambiar el sexo a transformaciones en el cuerpo, que cada vez se presentan más como espectáculo televisivo.
Y algo más, muy significativo, pues repercute en la escritura de nuestra contemporaneidad. En El rechazo de la metáfora y la destrucción del otro [2003], Paula Hochman nos recuerda que la violencia en la sociedad actual se origina en que es una sociedad científica cuyo lazo social está estructurado por el discurso de la ciencia y en los términos del capitalismo. Pero la ciencia es un discurso que necesita rechazar al sujeto, rechazar lo que en psicoanálisis se denomina el Nombre del Padre, es decir, el rechazo de la metáfora. Esta no se dirige al equívoco (topos del sujeto) sino a la explicación incuestionable del objeto. La ciencia necesita excluir lo equívoco, lo paradójico, lo enigmático, lo particular. Podemos afirmar, entonces, que si el insulto está en el origen de la metáfora, en la psicosis el insulto está en el lugar de la metáfora. Injuria, insulto son además actos de habla poderosísimos, toda la obra teatral de Shakespeare se apoya en el insulto y la injuria, es a manera de un juicio, se dirigen al sujeto y tienen la función de afirmar su existencia mediante atributos.
En un mundo no metaforizado se hace necesario retomar la metáfora, la transfiguración de un lugar común y el enigma sin olvidar que el enigma es el colmo del sentido. Es un arte de entre las líneas y la escritura y es así tanto que el autor descifra su propio enigma. Una obra de arte es un enigma, similar al que la Esfinge confronta a Edipo, que constituye el primer paso en la búsqueda progresiva y mortificante de una verdad, dicho de otra manera, es una enunciación para la cual no se encuentra el enunciado. El enigma con la certeza de significación que implica produce una ruptura, un corte en el espacio semántico, sostiene Lacan. Edipo, Antígona, Hamlet son modelos privilegiados para capturar lo esencial de la estructura, lo que hace pregunta, lo que insiste, el enigma. Podemos ver la cercanía entre el efecto de certeza de la significación en la psicosis y lo que surge como angustia en el campo del Otro, específicamente en el deseo del Otro. El Otro desea algo pero no sabe qué es. Si el lenguaje es evocación, las palabras danzan como en un baile de sonámbulos. Subrayo que el enigma no equivale a jugar con el equívoco. El enigma con la certeza de significación que implica produce una ruptura, un corte en el espacio semántico. Mi propuesta sugiere organizar un texto alrededor de un centro ausente, así se multiplican los centros, los ejes, combinados con la explosión de los sentidos. Se trata de buscar un sentido múltiple, polisémico. El deslizamiento incesante, la producción de sentidos que explotan y florecen en cada frase. Mis vacilaciones son aquí significativas. Ellas manifiestan la torpeza con la cual necesariamente lo que es enigma se manifiesta.
Entonces, ¿en qué consiste el enigma? Es un arte que Lacan llama de entre líneas. En mi propia literatura (prosa y poesía) armo juegos de palabras en múltiples lenguas, dialectos, referencias históricas, a descifrar. El texto que persigue el enigma se apoya en la postura ética. Intenta mostrar que estamos de alguna manera condenados a vivir en el mundo pensando el desorden como un caos del orden simbólico. La escritura (sistema de citas, discurso entretejido con rasgos autobiográficos) invita a resolver, como la Esfinge con Edipo, el enigma de la condición humana. Se amonedan las palabras para que las proezas no pierdan su lustre. Se toma conciencia de que no existe ni una sola página, ni una sola palabra, que no postule el universo como atributo de la complejidad.
Otra de las trabas de eso que llamamos humanidades aplicadas a la literatura es el temor a la teoría literaria (que ya citaste) y que tú resuelves con Bajtín y otras fuentes (no enteramente de teoría literaria, como Hegel, Freud, Lacan…) ¿Es imprescindible la teoría literaria? ¿Por qué ese recelo a la hora de decidir sobre la escritura de la crítica frente a la teoría literaria?
La teoría nos permite justamente comprender el caos y ésta no es otra cosa que plantearnos qué es la literatura, qué es la escritura. Y ambas no son otra cosa que la historia del término. Nos ayuda, asimismo, a ir más allá del dato, un más allá que nos permite abordar el enigma. Y mucha precisión, puesto que la teoría es una pregunta que se le hace al lenguaje, al discurso, a los textos. Es cómo el famoso ¿por qué filosofar? Que tiene como problema descubrir en su búsqueda una realidad u «objeto especial», donde se hayan desarrollado al máximo, de forma objetiva, determinadas características que al aprehenderse en forma abstracta convierten al ser humano en un sujeto activo que permite su definición y redefinición histórica en el cosmos.
Toda vida es un recorrido; toda actividad crítica, ensayística también. ¿De qué modo está unido el ser al discurso que funda? ¿El discurso dice al ser?
Como creo que decimos mucho más de lo que queremos, el discurso está unido al ser en su búsqueda, en sus tropiezos. Y dice al ser tal vez o sobre todo a través de los malentendidos, de los lapsus.
Estas conversaciones fueron publicadas por primera vez en el libro La huella liberada. Homenaje a Iris M. Zavala, coordinado por Zulema Moret, Barcelona, ArCiBel, 2008.


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